domingo, 9 de enero de 2011

Tiempo para ser felices




Cada época de la vida tiene sus satisfacciones y lo importante no es si ya eres mayor o todavía eres demasiado niño, sino lo verdaderamente importante es sentirse feliz e ilusionado por la vida.
Este camino es un sendero de aprendizaje donde absorbemos experiencias, vivencias que nos conducirán a un mayor conocimiento de uno mismo y su realidad. Este punto álgido suele llamarse Madurez.
A menudo cuando entramos en esta etapa miramos atrás para hacer balance de nuestra vida, de nuestros errores, de nuestras victorias, en definitiva, de lo conseguido.
No sé si es adecuado definirlo de este modo. Creo que lo positivo es que uno cuando alcanza el grado de madurez necesario mire atrás con satisfacción, con orgullo, entendiendo todas y cada una de las experiencias pasadas como necesarias para encontrarse en el punto actual. Nada ocurre por nada. Todo está totalmente calculado y todo tiene una razón de ser.
Cuantas veces luchamos contracorriente y ello nos hace sentirnos frustrados y fracasados, porque pensamos que erramos el objetivo. Ese sentimiento nos debilita e incide directamente en nuestra autoestima. Es importante que cada suceso vivido se sienta de forma positiva, a pesar a veces de no atender al propósito previsto.
Me explicaré, muchos de los eventos que suceden en nuestra vida no lo hacen tal y como “pensamos” que hubiéramos querido: aquella relación fracasada, aquel examen suspendido, aquel trabajo no adjudicado, aquellas oposiciones por las que tanto estudiamos, fallidas. Habitualmente esos sucesos no conseguidos se viven negativamente como “nuestros fracasos”.
Lo que os propongo es que los vivamos positivamente de un modo totalmente distinto. Si todo tiene una razón de ser, ¿no es posible que aquel logro no se consiguiera simplemente porque no estaba escrito que así fuera?Esta formulación no conlleva frustración y por ende, no hay incidencia negativa en la autoestima de cada uno.
El Universo conspira para que las cosas que en su día escribimos que viviríamos, se cumplan y a menudo al no recordarlo, cogemos caminos distintos a los que “teníamos” que coger.
La emoción sentida al “fracasar” nos vuelve infelices mientras que si la emoción que siento es comprensión por la manera en que las cosas se han torcido para que consiga lo que me propuse antes de nacer, seguiré sintiéndome feliz.
Hay muchísimas experiencias que quisiéramos borrar de nuestra mente, pero seguro que esas vivencias tuvieron que ser vividas para encontrarnos en el punto de vida en el que estamos. “Si aquel día no hubiera tenido ese accidente, me hubiera encontrado en clase cuando se produjo el atentado”, “Si hubiera aprobado las oposiciones no hubiera entrado a trabajar en el periódico donde te conocí” y así millones de casos.
La diferencia es que no siempre sabemos a qué nos condujo determinado “fracaso” pero ciertamente el simple hecho de pensar que tuvo su razón de ser ya es suficiente para sentirnos felices por seguir nuestro propósito de vida.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Caos




No estoy poco acertada cuando afirmo que estamos abocados al caos y me remito a la situación actual que vivimos en este planeta que habitamos en nuestra condición humana.
No hay que irse muy lejos para constatar los hechos que están sucediendo y que lamentablemente nos están haciendo sentir bailando dentro del caos y desequilibrio. Antaño hechos como los que actualmente suceden podían deberse a “las vacas locas”, “enajenación mental transitoria”, “emociones desajustadas como los celos enfermizos”, por nombrar algunos de los nombres con los que se justificarían conductas como las que esta semana provocó un vecino de la comarca catalana de Girona. Pero ciertamente, ¿es ese un fenómeno aislado? Ni es aislado ni hay motivo que justificase (si ello cabe en lo posible) tal atrocidad. Sólo se me ocurre que la mente de ese individuo entró en el caos que gobierna nuestros días.

La sociedad está quebrando, están cayendo los poderes que la sustentaban y los individuos que siempre hemos sido marionetas de la misma, aunque de manera inconsciente, empezamos a identificar los líderes del caos, aquellos que han gobernado nuestras vidas imponiendo a su antojo nuestro supuesto libre albedrío. Dosificaron nuestra agua, acordaron unilateralmente cánones para disponer de ciertas “necesidades indispensables” creando estatus, diferencias sociales y nosotros seguíamos tolerando, cerrando los ojos a nuestros hermanos pobres, creyendo que la pobreza tenia que existir para equilibrar la balanza de la riqueza.
Ilusos sentimos que si trabajábamos mucho podríamos tener ciertas comodidades, nos hicieron creer que podíamos dejar de soñar y convertir nuestros sueños materiales en realidad y así dimos alimento a los Bancos para construir su Imperio, ese que ahora se desmorona pero que nos esta llevando consigo en su caída.

Se creó una sociedad desigual, que llamó democracia al control oculto, sociedad que no pensó en las personas por igual sino que marcó diferencias desde que tenemos conocimiento. Amigos, el feudalismo no ha dejado de existir.

Ahora que hemos cambiado los valores de la humanidad, que hemos dado luz verde a la separación, a la polaridad, al materialismo como única compensación humana, que nos distanciamos de nuestra fuente divina para ingresar de lleno en la otra cara de la moneda, donde se dan la mano, la crueldad con el engaño, la competencia con la avaricia, ahora es cuando el caos se apodera de nuestras vidas porque este mundo ya no es sostenible.

Ahora toca que el poder mundial se quite su máscara, deje de jugar este juego de marionetas que se han inventado para tejer nuestras vidas y desocupen sus cargos. Cada ser que habita este planeta tiene el derecho de decidir por él mismo, tiene el derecho de conocer todos los engaños con los que han llenado nuestras vidas.

Sólo la manipulación genética explica el desorden mental de las personas, sólo la sensación de indefensión que ha sumido esta sociedad actual a muchas de las personas que habitan hoy nuestro Planeta puede justificar los repetidos actos “incongruentes” que ocupan nuestras noticias.
Vale decir que nos cuentan lo que interesa que sepamos, porque como cobayas de laboratorio ahora mismo lo que necesitan es que entremos en pánico, en caos, para hacer más atractivo el juego de tu vida. Sólo que precisamente tú no te diviertes.

sábado, 4 de diciembre de 2010

El Merecimiento





Érase una vez una jovencita a la que se le daban bien los estudios. No era especialmente exigente con ellos pero sabia que tenia cierta facilidad para sacarse los exámenes sin demasiados problemas. Sus padres eran trabajadores pero viendo esa facilidad en la niña, hicieron de más y de menos para poder pagarle unos estudios superiores. Laura, que así se llamaba nuestra protagonista, reflexionó sobre qué carrera estudiar; había que barajar posibilidades, en primer lugar, de satisfacción personal y ,en segundo lugar, y no menos importante, de supuesto bienestar económico futuro. El papel de la mujer habia cambiado en sus años de adolescente y no podía pensar en traspasar la responsabilidad de su futuro a aquel que fuera su esposo. Así, pensando y pensando, llegó a la conclusión que Derecho sería una buena elección. Pero tenía una pequeña pero no menos insignificante pega: a Laura no le gustaba dedicar "tiempo extra" a los estudios porque a ella también le agradaba salir y relacionarse con sus amigos, disfrutar de los tiempos de ocio. Así que desestimó la abogacía a pesar de esa magnífica serie que echaban por la "caja tonta" en la que una alocada y ensimismada abogada extremadamente delgada metía frecuentemente la pata en los lavabos unisex del despacho de abogados para el que trabajaba.
De nuevo Laura tuvo que acceder a su lista de posibilidades para barajar nuevamente otra elección. Recordó que siempre le habia gustado escribir, que antaño había escrito inclusive cuentos y al parecer según le había dicho su profesor de literatura, no se le daba mal. Pero los escritores no ganan dinero con lo que la supuesta "independencia económica" por ella deseada podría verse frustrada.
Pero ella era independiente y atrevida, así pues el Periodismo podría llevarla a otros paises, acercarla a otras culturas y vivir una vida de riesgos y libertad, pensó. En realidad, Laura no era ni tan atrevida ni tan independiente como pensaba, así pues la idea de cursar estudios de Periodismo rápidamente pasó a un segundo plano.
El padre de Laura estaba preocupado porque veía a su hija perdida, sabiendo que tenia que tomar una decisión importante que todos esperaban que no fuera equivocada. El futuro para los padres había sido tan distinto del que ahora podían darle a su hija que Laura sentía una terrible responsabilidad en tomar la elección adecuada.
Una noche cualquiera de un dia cualquiera una voz desde su interior le susurró que lo que ella verdaderamente quería era conocerse más a sí misma y con ello ayudar a las personas y en ese momento tuvo claro que tenía que elegir una profesión humanitaria. Barajó Medicina, Psiquiatria, Psicologia decantándose por esta última.
Los padres suspiraban, por fin Laura habia elegido, aunque hubieran preferido llamarla "Doctora" pero se sintieron igualmente orgullosos por haber contribuido a dar a su hija unos estudios superiores que le facilitaran el camino profesional que tan difícil parecía en esos días. ¡Ella reflejaría lo que ellos no habían podido ser!
Para Laura la vida tenía muchas maravillas que descubrir y entre ellas estaba el amor, que pronto emergería. Pero sus objetivos estaban claros y no quería depender económicamente de nadie, así es que terminada su carrera trató de labrarse un futuro laboral mínimamente estable pero sin grandes ambiciones porque Laura priorizaba otras cosas al adictivo poder. Laura era soñadora, idealista y apasionada, cuestionaba lo que para ella eran injusticias y no le preocupaba ganar. Ella necesitaba sentir la ayuda, sentir que su granito de arena mejoraba a alguien de su entorno. Y así pasaron los años, sin gruesas cuentas corrientes pero con grandes satisfacciones internas aunque también tuvo decepciones por esperar un mundo más justo que el que nos toca vivir.
Fueron unas oposiciones de joven, una plaza casi adjudicada en un Ayuntamiento, por mencionar algunas de sus "internas" frustraciones para culminar en obstáculos que siempre aparecían de un modo u otro en el camino que "supuestamente" se había marcado.
Laura se decía a sí misma que si ella se creaba su realidad porqué no había prosperado en aquello que consideraba era su mérito. Dos preguntas se daban forma en su mente: ¿Porqué se levantan esos muros que me imposibilitan el acceso que creo merecer? y ¿Qué necesito demostrar con ese merecimiento?
A Laura nunca le había preocupado realmente su posicionamiento. Su filosofía siempre fue la de vivir cada instante que nos conceda la vida y enriquecernos interiormente con lo que hacemos. Merecer o no merecer una posición laboral nunca fue su prioridad sin embargo siempre buscó ese merecimiento en esas oposiciones que jamás consiguió.

Una Laura madura sonríe cuando piensa en ello y entiende, al final, que erró en ese camino porque no era el que tenia que tomar por más que se sintiera frustrada cuando no conseguía el reconocimiento.
Algunas veces la vida nos pone trabas en aquello que consideramos es nuestra meta y lo hace porque en realidad no es eso lo que queremos aunque pensemos que sí.
Laura se habia pasado media vida tratando de formar parte de la jerarquía cuando no creía en ella. ¿Porqué no se había escuchado a sí misma en vez de perder tanta energía con cada intento y posterior fracaso?

A menudo como Laura hemos de preguntarnos para qué necesitamos conseguir ese reto que nos hemos marcado, somos realmente nosotros los que lo deseamos o esa compensación viene necesitada por algún componente externo no identificado. A quién deseamos agradar, quién obtiene la recompensa, los otros o nosotros.
Si no tememos escuchar nuestro interior, las respuestas apareceran y evitaremos un gasto de energía innecesario y una proliferación de emociones negativas que sólo recompensan a aquellos que se alimentan de ellas.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Loki




Naciste a primeros de agosto de unos excelentes padres, aunque por desgracia no pudiste seguir con ellos, imagino que eso a tí poco te importó. Como buen perro, lo único que deseas es una vida gratificante al lado de unos humanos que te cuiden, te proporcionen cariño, buenos paseos y lo más importante, ¡mucha comida!

Te recogimos dos meses más tarde, tras preparar tu nuevo hábitat y desde el primer momento te adaptaste a la perfección.
¡Qué diferente hubiera sido para nosotros esa adaptación si hubiéramos estado en tu lugar!
Tú sólo pedías atención y alimento y como recompensa podemos asegurar que darías tu vida por nosotros.

Algunas veces cuando estoy contigo te observo y me gusta lo que veo. Te siento feliz, alegre, loco y atolondrado cuando comparto mi tiempo contigo, y eso me place porque aprendo a quererte, a disfrutar de las pequeñas cosas, de esos momentos en los que comparto a tu lado.
¡Es tan fácil hacerte feliz! que me siento egoísta cuando me quejo, cuando exijo, cuando me frustro...

Rebosas entusiasmo cuando nos ves, cuando apenas estamos unos minutos a tu lado pendientes de un reloj que gobierna nuestras vidas humanas. Y tú, siempre esperas atento nuestro regreso, nunca te muestras cansado, decepcionado, rechazado, al contrario, siempre sabes darnos lo mejor de tí. Eso, querido Loki, lo valoramos y apreciamos y aunque sólo seas un perro, eres parte de nuestra familia como los peces del estanque o los pájaros que visitan nuestro entorno, construyendo sus nidos para pasar el invierno o tener a sus crías.

Cuanto más observas a los animales más aprendes valores como la lealtad o la tranquilidad, despertando en tí un sentimiento de gratitud que como humanos parecíamos haber perdido.

Gracias Loki por "casualmente" ser miembro de nuestra familia. Te queremos.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Trastornos de la Personalidad




Cada ser humano es dueño de una personalidad propia y por ello somos únicos. Nuestra personalidad es la que marca la persona y su adaptación a las diferentes circunstancias de la vida será la que marque a menudo la diferencia entre trastorno o no.
Podríamos definir la personalidad como un conjunto de rasgos que contribuyen a la conformación mental del sujeto dándole su propia fisonomía. La personalidad es como una especie de masa moldeable que intenta equilibrarse con las distintas situaciones de la vida para llegar a una adaptación sujeto-entorno. En resumen, es el conjunto de características constantes de un individuo. Estas características conforman a su vez inteligencia, carácter temperamento, constitución y como conjunto que es tiene tanto elementos sanos como deficientes. El ser humano reacciona frente a las circunstancias de la vida tanto con unas como con otras. Si una persona tiene complejos es evidente que reaccionara con ellos a la vez que con el resto de la personalidad.
El arte de vivir no se hace posible si la persona no se ha desprendido de aquellos impedimentos que le impone su propia personalidad. Hay que evolucionar frente a las situaciones que vivimos y saber adaptarnos para conseguir una armonía cuerpo-mente.
Las enfermedades de la personalidad son muchas; diferentes influencias del entorno vivido, modelos inapropiados de educación, conflictos en la relación padres-hijos, situaciones límites y un sinfín de etcéteras pueden producir los llamados trastornos de personalidad.

Trastorno de personalidad obsesivo-compulsivo
Se consideran controladores y responsables tanto de ellos mismos como de los demás. Es como si creyeran que todo depende de ellos y por tanto deben alcanzar y mantener el nivel óptimo de perfeccionismo. El resto de mortales aparecen ante sus ojos como “ineptos” y “despreocupados”. Para sobrevivir necesitan orden y perfección. Para ellos es catastrófico perder el control o no llevar a cabo los “deberes” que a menudo se autoimponen. Cualquier fracaso puede llevarlos a la depresión. Son individuos demasiado exigentes con un alto nivel de ansiedad que se frustran habitualmente.

Trastornos de la personalidad por dependencia
Se sienten desvalidos, desprotegidos necesitando continuamente el apoyo de los demás. Son los otros, los fuertes los que les proporcionan los recursos necesarios para alcanzar la felicidad. Sin ellos, no son nadie. Son tremendamente débiles y con una autoestima muy baja.
Este tipo de personas pueden funcionar perfectamente mientras cuenten con el apoyo y cuidado de la persona “fuerte”. Si ésta les falla, se hunden.
Su principal temor es el rechazo o el abandono.

Trastornos de la personalidad pasivo-agresiva
Su estado levita entre la pasividad y sumisión para mantener sus relaciones con el entorno y la agresividad que explosiona frente a la pérdida de autonomía que sienten en su interior. La ambivalencia les marca: necesidad de apego y miedo al abuso fluctuando entre una conducta pasiva y una conducta agresiva como aquel globo que finalmente se hincha y explota.

Trastorno paranoide de la personalidad
El sujeto paranoide es desconfiado por naturaleza. Siempre atento esperando pillar con las manos en la masa a aquél que le traicione. Ve fantasmas donde no los hay. Todo el mundo es una gran conspiración contra sí mismo.
Es cauteloso, sus interpretaciones siempre son complicadas y falsas.
Teme ser secretamente manipulado o controlado.
La ansiedad continua que sufren provocada por sus “manías” les hace a menudo solicitar terapia.

Trastorno narcisista de la personalidad
Se consideran especiales, divas, superiores a todo ser humano. Esa condición les posibilita un trato diferenciado del resto de la humanidad. Si no lo obtienen, pueden castigar o bien sentirse terriblemente frustrados.

Trastorno antisocial de la personalidad
Este tipo de personas se consideran autónomas y con fuerza en sí mismas. Creen tener derecho para violar las normas y reglas impuestas. La personalidad antisocial “primero pega y luego pregunta”. Pueden delinquir abiertamente o bien ser más sutiles y estafar mediante astutas manipulaciones.
Su creencia es que el mundo es injusto y yo merezco tener aquello que tienen otros. Sus actos delictivos siempre están justificados por ellos. No hay normas, no hay distinción entre el bien y el mal.

Trastorno esquizoide y esquizotípico de la personalidad
La palabra clave es el aislamiento y su estrategia mantenerse a distancia de los demás para preservar su soledad al máximo. El acercamiento de los demás lo viven como intrusión y ello representa una amenaza para su vida.

Trastorno de personalidad por evitación
Estas personas desean la cercanía con el entorno pero a la vez temen ser heridas. El temor al rechazo, al dolor les hace evitar toda relación y así no pueden llegar a sufrir. Evitan la evaluación, el riesgo porque el mayor temor que pueden sentir es la humillación. El paciente evitativo limita sus expectativas, se abstiene de compromisos porque en ellos existe el riesgo al fracaso.

Trastorno histriónico de la personalidad
Se viven como encantadoras con cierto estilo y totalmente merecedoras de atención por parte de los demás. Necesitan cautivar como modo de funcionamiento, atraer, expresar emociones de forma abiertamente manifiesta. Son unos excelentes actores, pues su vida entera parece puro teatro. Confabulan, manipulan siempre para conseguir que el resto se mantenga a sus pies. Bajo un aspecto jovial y seguro se esconde el temor a la indiferencia y rechazo.

Trastorno límite de la personalidad
Aquí se amontonan aquellos trastornos difíciles de encasillar, que están a caballo entre la neurosis y la psicosis. Se define como una pauta duradera de percepción, relación y pensamiento tanto sobre el entorno como sobre sí mismo en la que existen problemas en diversas zonas, como por ejemplo en la relación interpersonal, en la imagen que tiene de sí mismo, en su estado anímico, etc..
Podemos alertarnos ante un TLP cuando veamos por ejemplo: vivencias de relaciones intensas e inestables, conducta compulsiva, sentimientos de vacío o aburrimiento crónicos, impulsividad, ira intensa e incontrolable episódicamente, no tiene muy claro sus metas, sus prioridades, su escala de valores (confusión).

Tratamiento cognitivo para los trastornos de personalidad
En los trastornos de personalidad existen unos esquemas (pensamientos) inadecuados que paralizan la conducta positiva y son precisamente esos pensamientos los que hay que desbloquear en todos los trastornos de personalidad.


Ejemplos de esquemas de pensamiento de los trastornos de personalidad

Obsesivo-compulsivo Los detalles son cruciales
Por dependencia Necesito de la gente para ser feliz
Pasivo-agresiva La gente interfiere en mi libertad de acción.
Paranoide Hay que vigilar constantemente porque la traición puede venir de cualquier parte.
Narcisista Como soy especial debo tener reglas especiales.
Antisocial La gente es tonta yo tengo derecho a no respetar las normas.
Esquizoide y Esquizotípico Las relaciones son indeseables.
Por evitación No puedo soportar los sentimientos desagradables de rechazo y humillación.
Histriónico Soy tan buena que no tienen derecho los demás a negarme lo que yo quiero.
Límite Siempre estaré solo.
Soy malo, merezco el castigo.
No soy capaz de controlarme.
Tengo que protegerme de la gente porque me puede hacer daño
.
Si me conocieran realmente no estarían conmigo.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Mujeres Maltratadas




- ¿Qué has visto a un fantasma o es que me escondes alguna cosa? – murmuró Lucas receloso por la actitud de su mujer -
- ¡Hola cariño! ¿Qué tal ha ido el trabajo? – dijo María con voz temblorosa tratando de ignorar el interrogante inicial de Lucas – Hoy has llegado un poco más temprano ¿no?
- ¿Acaso ya no me escuchas, quizás tu mente limitada no sabe responder a una simple pregunta? – inquirió Lucas mientras se acercaba a ella con mirada desafiante.
- Perdona no quería disgustarte – apremió María tratando de evitar lo inevitable.

Lucas se abalanzó hacia María y ante la inútil huida de ésta la agarró por sus lacios cabellos negros para abofetearla en la mejilla derecha. Del impulso de la bofetada María salió despedida hasta un sofá cayendo abatida en él con el albornoz abierto dejando entrever sus muslos, cosa que excitó a Lucas.

- ¿Con quién has pasado la noche ramera? Ahora sabrás lo que es un hombre de verdad – musitó Lucas al tiempo que se bajaba los grasientos pantalones de trabajo que directamente le estaban rozando la piel. Su masculinidad se hallaba erecta ante la excitación del momento.
- Déjame Lucas, ahora no me apetece y además no me gusta que me digas esas cosas. – suplicó temerosa María.

Lucas le propinó una nueva paliza que la dejó semiinconsciente sin apenas tiempo para enterarse de la eyaculación de su marido en su interior.


Así eran los momentos de intimidad en casa de los Gómez, intensos y duros, procurando el placer de uno de tantos eyaculadores precoces y obviando la hostilidad que rodeaba al acto.
María se había acostumbrado a esas vivencias por el bien de la familia; lloraba en silencio mientras se encontraba sola, aguantaba porque creía que todas las parejas tenían períodos difíciles, y, sobretodo pensaba que su inferior condición social de mujer no le otorgaba otros derechos que los de tener y cuidar una familia. Lucas era el cabeza de familia y ella tenía que tratar de equilibrar la armonía en el hogar.
¿Armonía? Se reía en sus adentros mientras susurraba esas palabras.

Todavía despojada de sus ropas y con Lucas dormido encima de ella, María recordó la petición de Doña Isabel, su señora, de preparar una comida especial para dar la bienvenida a su hija Elena quién tras años en el extranjero finalmente regresaba.

“María mañana vendrá Elena, mi hija, para pasar una temporada con nosotros, me gustaría que preparases un cocido de aquellos que te salen tan bien para que sienta el calor del hogar tras su separación”.- había dicho.

Al parecer, Elena se había divorciado recientemente de su marido con el que vivía desde hacia 12 años y había abandonado país y trabajo para regresar a su ciudad natal con sus padres y demás amigos. Desde que se casó marchó a Inglaterra, país origen de su marido y allí vivió hasta hoy.
María no la conocía pero sentía curiosidad por esa chica independiente que había elegido separarse sin ningún temor a seguir viviendo un engaño.
La consideraba inteligente por su valentía y, al compararse con ella, María se sentía simplemente una estúpida mujer casada y dependiente de un marido, con dos hijos de 12 y 8 años y quizás uno por venir, si así lo confirmaba el análisis de orina que le practicaron en la farmacia de Manolo el día anterior.

Llevaba casi 3 años trabajando en casa de los Hurtado y se sentía muy a gusto con ellos. Probablemente eso y sus niños eran los motivos que la mantenían viva.

Miró el reloj de encima de la cómoda y con gran destreza se liberó de los 90 kilos de Lucas y se puso en marcha. Se sentía algo indispuesta pero no había tiempo que perder. Se lavó sus partes íntimas y se vistió con uno de los vestidos que Doña Isabel le había regalado. Cada vez que Doña Isabel paseaba por el mercadillo llegaba a la casa con un vestido para María. La apreciaba como si fuera una hija y María sentía por ella, al mismo tiempo, el afecto de una hija a su madre, o eso creía ya que María era huérfana de padre y madre y se había criado en instituciones hasta que cumplió la mayoría de edad. Ese mismo año conoció a Lucas y se enamoró perdidamente de él. Se sentía protegida y querida, aunque esto último duro poco tiempo. Pero no quedaba más tiempo para recordar, debía darse prisa si quería tener listo el cocido para cuando Doña Isabel llegara del aeropuerto con su hija Elena.
Se maquilló con esmero para disimular la rojez aparecida por las bofetadas que Lucas le había propinado. Estaba acostumbrada a ocultar al vecindario las palizas recibidas, aunque a Doña Isabel nada podía pasársele.
“Cuando dejarás a Lucas, es cruel contigo y no te merece” solía decirle a menudo, a lo que María respondía “No se preocupe, seguro que no volverá a pasar, en el fondo sé que me quiere aunque tiene un poco de mal carácter, como todos los hombres” y cambiaba de tema ante la mirada dubitativa de Doña Isabel.
Comprobó que la comida estuviera a punto para cuando Lucas despertara y cerró la puerta con sigilo para salir apresuradamente en dirección a la calle Padilla donde vivían los Sres. Hurtado, Don Álvaro y Doña Isabel, sus patrones.
En casa de los Hurtado, María se sentía feliz porque a pesar de ser su criada la trataban con cariño y respeto. Cada día entraba sobre las 9:30 horas y salía a las 17:30 a tiempo de recoger a los niños a la llegada del autocar. Desde la parada donde descendían paseaban los tres juntos felices hasta la llegada a casa. Durante ese paseo María disfrutaba escuchando las peripecias de sus queridos Ana y Marcos. Ese rato y la estancia en casa de los Hurtado eran lo mejor que le había proporcionado la vida.

A sus recién cumplidos 31 años parecía haber recorrido una larga vida por lo agotada que se sentía. Conoció a Lucas con 18 y se quedó embarazada de Marcos enseguida así que se tuvieron que casar a toda prisa al año de conocerse. Se había enamorado de Lucas locamente quizás porque no había conocido otro hombre pero ahora, a sus 31 años y tras 12 de casados, dudaba por primera vez si había hecho bien. Siempre se había mostrado conforme con lo que la vida le había aportado pero llevaba una temporada soñando despierta demasiadas veces en una vida distinta, sin riñas, sin miserias y sin desengaños. Suerte tenía de sus amados hijos, aquellos por los que ella daría la vida pero ahora... ahora llevaba en su interior otro pequeño ser, un bebé no deseado por el padre que traería más problemas dentro de la desestructurada dinámica familiar en que vivían.

Absorta en sus problemas llegó a casa de los Hurtado con tiempo para arreglar la casa antes de que llegaran Isabel y Elena.
En el salón-comedor había una vitrina repleta de fotos de esta última, desde su infancia hasta escasos meses atrás. No era excesivamente guapa pero su rostro tenía una gran fuerza con unos profundos ojos verdes y una hermosa cabellera pelirroja. Tenía 37 años aunque nadie le hubiera echado más de 35. Si la comparaba con ella los seis años de diferencia apenas se percibían.

El rostro de María reflejaba la amargura y el cansancio de los años de infelicidad vividos y el de Elena la esperanza de un nuevo camino por seguir.

El timbre del teléfono la despertó nuevamente de sus pensamientos.

- ¡Buenos días María! ¿Qué tal va todo por casa? – preguntó doña Isabel.
- Muy bien, doña Isabel – interpuso María – ahora mismo iba a preparar el cocido. ¿Ya ha llegado su hija?
- No querida, su vuelo llega con retraso – contesto doña Isabel – así es que cuentas con una hora más. Si todo marcha sobre lo previsto estaremos en casa aproximadamente a las 13:30 horas.
- Tranquila, doña Isabel que todo estará listo a esa hora. ¿Qué le digo al señor Álvaro cuando llame? – preguntó María.
- Recuérdale que traiga un poco de repostería de la pastelería de doña Encarna. - contestó Isabel.
- Muy bien, así lo haré. – respondió educadamente María.

Se adentró en la cocina y puso en cocción todos los ingredientes a fuego lento. Limpió las habitaciones y preparó con esmero la de Elena para que se sintiera a gusto y reconfortada nuevamente en su hogar.

¡Cuánto hubiera deseado María haber sentido el afecto de unos padres que la cuidaran y la hubieran protegido en los momentos difíciles!

Quizás por esa carencia, María se comportaba con dulzura y cariño hacia sus hijos, y los momentos diarios que pasaban los tres solos los recubría de gran afectividad.
Esperaba que de mayores al recordar su niñez se sintieran felices eclipsando con dicha felicidad el temor diario hacia su progenitor.
Marcos y Ana se habían vuelto tímidos e introvertidos cuando se encontraban frente a su padre. En Marcos podía adivinarse cierto odio por el sufrimiento perpetuado a su madre, la cual parecía languidecer día tras día. Ana todavía eclipsada por un desengañoso Edipo, ocultaba tras su sumisa mirada su amor por su padre, aunque a menudo él la rechazaba burlándose de su timidez.
“¿Qué pasa niña tonta, no sabes responder cuando se te pregunta?” le decía Lucas y se reía de una Ana avergonzada y sonrojada.

“La gran virtud de Lucas, la insensibilidad, característica a la que yo ya me había acostumbrado – se decía a sí misma María - pero que no dejaba de sorprenderme cuando la utilizaba con ellos, nuestros hijos.”


Continuará…

lunes, 18 de octubre de 2010

Mujeres Maltratadas



Episodio 1: MARÍA

Los rayos de sol alumbraban la estancia a través de la pequeña y descolorida ventana. María estaba sentada en la cocina con una taza de café y un cigarrillo; reflexionaba en qué se había convertido su vida. Marcos y Ana, sus hijos, estaban de colonias, esa misma tarde regresaban, y Lucas, su marido, todavía no había vuelto del turno de noche en la fábrica de metales. Por suerte, hoy los chicos no asistirían a otra de las habituales peleas y no llorarían en silencio por el sufrimiento de mamá.
Día tras día Lucas llegaba a casa malhumorado, cansado y la tomaba con María. Ella trataba de no hacerle enfadar y no imponer queja alguna que pudiera hacer estallar la bronca entre ellos, pero, hiciera lo que hiciera, Lucas buscaba siempre la manera de justificar su agresividad y en consecuencia sus golpes. Cualquier minucia como una mota de polvo apreciada o una zapatilla fuera de su sitio era motivo suficiente para atestarle el primer golpe, y, tras éste venía la paliza, paliza a la que María ya se había acostumbrado.
Ese comportamiento de Lucas se daba prácticamente desde el principio de su unión aunque ella siempre creía que ocurría porque él era extremadamente celoso. De hecho, en los primeros años de matrimonio ya se producían episodios de violencia doméstica. Si, por ejemplo, cuando Lucas llegaba a casa encontraba a María en la escalera conversando con algún vecino varón, lo primero que hacía al entrar en casa (no antes porque sabía guardar discreción) era abofetearla por desvergonzada. A ella eso no le ofendía, al contrario, creía que así debía comportarse un hombre que amara a una mujer. Pero el paso de los años y el estancamiento laboral habían acusado esos encuentros haciéndolos cada vez más intensos y violentos.
Lo que en un principio podían considerarse bofetadas que pocos moratones dejaban, en la actualidad María sufría peleas casi a diario de las que salía fuertemente magullada.
Ella justificaba la actitud de Lucas diciendo que así era su hombre, con carácter, y porque tras la pelea, tarde o temprano, recibía alguna muestra de cariño, por pequeña que fuera.
La verdad es que nunca había sido excesivamente cariñoso, inclusive su aspecto duro y distante no parecían demasiado apropiados para ofrecer muestras de amor, pero María conservaba aún algún que otro buen recuerdo de los 3 primeros años de unión.
Lo conoció en un baile al que asistió con una amiga un domingo del mes de abril. Lucas se le acercó para pedirle que bailara con ella y desde ese momento ya no dejaron de verse. Llevaba un traje gris algo gastado por el paso del tiempo pero que le resaltaba sus rasgados ojos negros. Su pelo, peinado hacia atrás, acumulaba bastante gomina para disimular sus afianzados rizos de color castaño.
Le pareció apuesto desde el mismo instante en que le vio a pesar de los consejos de su amiga indicándole la fama de mujeriego que tenía. Consuelo ya había sido víctima de esos penetrantes ojos negros y sentía recelo de que María obtuviera la misma fortuna.
Bailaron hasta bien entrada la noche y al acompañarla a la pensión donde vivía, la besó ardientemente en los labios. María se sintió frágil a la vez que poseída por la fortaleza de ese hombre que le había arrancado su primer beso. Fuertemente atraída por él volvió a citarse la siguiente tarde a la salida de la fábrica de telares en la que trabajaba. Lucas plantado en la puerta la esperaba vestido con una cazadora de cuero negra y unos pantalones blancos de pinzas. Realmente parecía un completo gigoló pero a pesar de ello y de los comentarios o referencias que tenía, María quedó perdidamente enamorada de él. En este segundo encuentro Lucas la rozó con un beso en la mejilla y la cogió fuertemente de la mano para así juntos caminar hasta un local donde todo el mundo parecía conocerlo. Tomaron un refresco y charlaron.
María recordaba vagamente ese día puesto que ocurrieron cosas algo contradictorias, si ahora lo pensaba:

“En ese mismo local hubo un incidente con el chico que nos trajo las bebidas. Al acercarse a mí me susurró al oído que tuviera cuidado con mi acompañante, que ya era la tercera o cuarta mujer a la que invitaba y, todas, tras esa cita, huían de su lado como si miedo le tuvieran.
La verdad es que lo comentó de forma simpática y para nada grosera, pero Lucas no así se lo tomó y se levantó y lo cercó hacia una esquina donde lo amenazó discretamente para no dar la nota en el lugar, pero con una intensa ira en su mirada. Tras ello se acercó nuevamente a mí y me tomó la mano para así irnos del local al que acusó de poco elegante para una “damisela como tú”; sí, esas fueron exactamente las palabras.
Tras ese incidente no volvimos a pisar el lugar, bueno al menos juntos, porque al cabo de poco menos de una semana acudí con una amiga porque sentía interés en conocer la verdad de esas palabras pronunciadas por el camarero. No estaba allí, pregunté por él y me dijeron que estaba enfermo. Nunca más lo volví a ver.”

Ahora pienso que quizás esa misma noche, una vez me hubo dejado en la pensión donde me hospedaba, regresó y terminó aquello que mi presencia importunó.
Lo cierto es que los hechos siguientes fueron tan maravillosos que en poco menos de un año nos casamos.
Realmente Lucas se había vuelto más agrio y grosero desde el nacimiento de Ana, la hija pequeña, y el cierre de la fábrica en la que estaba. El dinero siempre faltaba en casa y, probablemente pensaría que justo se había quedado sin empleo en el peor de los momentos, con una boca más por alimentar.
Esa época, recordaba María, fue la más dura de su relación. Lucas se tiró mucho a la bebida y regresaba a menudo borracho despertando a la pequeña con sus gritos y palizas. Marcos, el mayor, se tapaba los oídos con sus manitas y se sentaba en el suelo en un rincón de su habitación. Lucas jamás le puso la mano encima, ni a él ni a Ana, sólo tenía coraje para golpearme a mí.

Por suerte esa fatídica época no duró demasiado y el paso del tiempo la ha suavizado en el recuerdo.

Lucas pronto encontró un nuevo trabajo y aunque el salario no era suficiente y tenia que echar horas en un pequeño taller para complementar el sueldo, lo cual le predisponía al malhumor, el abuso de alcohol se había moderado y ello facilitaba la convivencia.
La verdad es que la relación entre la pareja estaba cada vez más deteriorada. Los ánimos estaban siempre caldeados y María tenía bastante facilidad para embarazarse lo que provocaba mayor tensión en la relación.
Los tres abortos provocados le taponaron su fertilidad relajando los problemas de nuevos embarazos por un tiempo. Lucas era un hombre potente y con muchas necesidades y María tenía que estar siempre a punto para satisfacerle. El placer de ella nunca contó ni tampoco le importó al hombre cómo se lo hacía María para evitar un embarazo.
Mientras los niños fueron pequeños ella tuvo que cuidar de ellos y de la casa y fue Lucas quien trabajaba para mantenerlos.

El estrés por la cantidad de horas echadas y la rutina a la que se vio inmerso agravarían su agresividad.

Mientras se encontraba inmersa en sus reflexiones, la puerta se abrió y un ojeroso y sucio Lucas apareció. María se levantó sobresaltada de la silla en la que se hallaba porque sabía que se avecinaba la tormenta.

Continuará...