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sábado, 2 de julio de 2011

Palabras de amor



La mujer se sentó en su cómodo sillón de cuero negro y abrió su portátil tal y como acostumbraba hacer a diario. El reloj de sobremesa marcaba las 10:10 aunque en realidad eran las 19 horas. Recordó que tenía que cambiar la agotada pila pero como buena seguidora de señales pensaba que esos números simbolizarían algo y tenía que descubrirlo. “Excusas”, se dijo, “simplemente que nunca te acuerdas de cambiarla”.
La vida transcurría de forma confusa desde que tuvo un extraño sueño, o no tenia que llamarlo así, en cualquier caso, ese evento sucedió la misma noche que el reloj marcó y se detuvo en las 10 y 10. Quizás ese era el motivo que la llevaba día tras día a sentarse en esa misma posición esperando que sucediera algo más que la hiciera entender. Pero ese viernes tenía alguna cosa especial, era un 10 de octubre de 2010 y además se cumplía el décimo aniversario de la muerte de su abuela.
Lo casual radicaba en que en el supuesto sueño, su abuela se le aparecía tal y cómo ella la recordaba y la advertía especialmente de algo que tenía que ver con ese preciso día. La información se presentaba confusa pero aquella hora detenida en el reloj simbolizaba algo y ella lo sabía.
Repitió los mismos actos que hiciera antaño en espera que un nuevo trance la ayudara a descifrar aquel misterio.
Buscó la relación de números en el ordenador y un sinfín de páginas se abrieron ante sus ojos.
“Esto no tiene sentido”, se dijo al tiempo que movía el cursor deteniéndose en la noticia que ocupaba el décimo lugar y sin saber muy bien porqué, se dirigió a leer el párrafo 10.
“Creo que tanta soledad me paranoia”, se dijo mientras leía el contenido del mismo:
“Palabras de amor, nuevo libro del escritor Roberto Guzmán, …”
“Roberto”…repitió…”mi querido Roberto”, y siguió leyendo: el viernes 10 de octubre a las 20 horas firmará ejemplares de su último libro en la librería Valls.
Tras acabar el párrafo y, como movida por un resorte, se levantó, cogió su bolso y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo unos instantes para mirarse en el espejo del recibidor. Habían pasado veinte años desde la última vez que se vieron, quizás no la reconocería pero algo en su interior le decía que tenía que acudir. Sacó el carmín del bolso y pintó sus labios. Los años no habían pasado en balde pero todavía seguía sintiéndose atractiva. Por un momento la duda embargó su cuerpo…

La librería Valls se encontraba en una céntrica plaza del casco antiguo de la ciudad. En el aparador un gran cartel y una docena de libros mostraban el rostro de Roberto Guzmán, su gran amor. Durante unos minutos se perdió en el recuerdo del tiempo que pasaron juntos. Una voz conocida la devolvió del trance. Laura, ¿eres tú Laura?, La mujer miró aquel hombre de pelo canoso y dulce sonrisa, los años transcurridos no le habían quitado su atractivo. Como movida por el deseo se acercó a él y le besó en su mejilla, él la agarró con fuerza por la cintura y la besó ardientemente en sus labios. Laura sintió un temblor extraño en todo su cuerpo mientras Roberto la besaba, incluso parecía que el suelo temblaba bajo sus pies y entonces recordó las palabras que su abuela dijo en su sueño: “Vete de tu casa en el décimo aniversario de mi muerte, pues allí no estarás a salvo”.
El temblor cada vez era más pronunciado. Roberto la sujetó con fuerza del brazo y ambos se dirigieron al centro de la plaza, donde parecía ser más seguro. Los edificios se resquebrajaban a su alrededor llegando algunos a desmoronarse. No había duda, era un terremoto. Tras varios minutos que parecieron eternos el temblor cesó. Una rápida mirada a su entorno le mostró que tanto la librería como otros edificios adyacentes se habían derrumbado.

Habían transcurrido varios meses desde aquel terremoto que destrozó parte de la ciudad donde vivía Laura incluida su vivienda.
Tenía abierto un libro en su regazo en cuyo prólogo impreso podía leerse:

“Palabras de amor, dedicado a Laura, el amor de mi juventud”

sábado, 4 de diciembre de 2010

El Merecimiento





Érase una vez una jovencita a la que se le daban bien los estudios. No era especialmente exigente con ellos pero sabia que tenia cierta facilidad para sacarse los exámenes sin demasiados problemas. Sus padres eran trabajadores pero viendo esa facilidad en la niña, hicieron de más y de menos para poder pagarle unos estudios superiores. Laura, que así se llamaba nuestra protagonista, reflexionó sobre qué carrera estudiar; había que barajar posibilidades, en primer lugar, de satisfacción personal y ,en segundo lugar, y no menos importante, de supuesto bienestar económico futuro. El papel de la mujer habia cambiado en sus años de adolescente y no podía pensar en traspasar la responsabilidad de su futuro a aquel que fuera su esposo. Así, pensando y pensando, llegó a la conclusión que Derecho sería una buena elección. Pero tenía una pequeña pero no menos insignificante pega: a Laura no le gustaba dedicar "tiempo extra" a los estudios porque a ella también le agradaba salir y relacionarse con sus amigos, disfrutar de los tiempos de ocio. Así que desestimó la abogacía a pesar de esa magnífica serie que echaban por la "caja tonta" en la que una alocada y ensimismada abogada extremadamente delgada metía frecuentemente la pata en los lavabos unisex del despacho de abogados para el que trabajaba.
De nuevo Laura tuvo que acceder a su lista de posibilidades para barajar nuevamente otra elección. Recordó que siempre le habia gustado escribir, que antaño había escrito inclusive cuentos y al parecer según le había dicho su profesor de literatura, no se le daba mal. Pero los escritores no ganan dinero con lo que la supuesta "independencia económica" por ella deseada podría verse frustrada.
Pero ella era independiente y atrevida, así pues el Periodismo podría llevarla a otros paises, acercarla a otras culturas y vivir una vida de riesgos y libertad, pensó. En realidad, Laura no era ni tan atrevida ni tan independiente como pensaba, así pues la idea de cursar estudios de Periodismo rápidamente pasó a un segundo plano.
El padre de Laura estaba preocupado porque veía a su hija perdida, sabiendo que tenia que tomar una decisión importante que todos esperaban que no fuera equivocada. El futuro para los padres había sido tan distinto del que ahora podían darle a su hija que Laura sentía una terrible responsabilidad en tomar la elección adecuada.
Una noche cualquiera de un dia cualquiera una voz desde su interior le susurró que lo que ella verdaderamente quería era conocerse más a sí misma y con ello ayudar a las personas y en ese momento tuvo claro que tenía que elegir una profesión humanitaria. Barajó Medicina, Psiquiatria, Psicologia decantándose por esta última.
Los padres suspiraban, por fin Laura habia elegido, aunque hubieran preferido llamarla "Doctora" pero se sintieron igualmente orgullosos por haber contribuido a dar a su hija unos estudios superiores que le facilitaran el camino profesional que tan difícil parecía en esos días. ¡Ella reflejaría lo que ellos no habían podido ser!
Para Laura la vida tenía muchas maravillas que descubrir y entre ellas estaba el amor, que pronto emergería. Pero sus objetivos estaban claros y no quería depender económicamente de nadie, así es que terminada su carrera trató de labrarse un futuro laboral mínimamente estable pero sin grandes ambiciones porque Laura priorizaba otras cosas al adictivo poder. Laura era soñadora, idealista y apasionada, cuestionaba lo que para ella eran injusticias y no le preocupaba ganar. Ella necesitaba sentir la ayuda, sentir que su granito de arena mejoraba a alguien de su entorno. Y así pasaron los años, sin gruesas cuentas corrientes pero con grandes satisfacciones internas aunque también tuvo decepciones por esperar un mundo más justo que el que nos toca vivir.
Fueron unas oposiciones de joven, una plaza casi adjudicada en un Ayuntamiento, por mencionar algunas de sus "internas" frustraciones para culminar en obstáculos que siempre aparecían de un modo u otro en el camino que "supuestamente" se había marcado.
Laura se decía a sí misma que si ella se creaba su realidad porqué no había prosperado en aquello que consideraba era su mérito. Dos preguntas se daban forma en su mente: ¿Porqué se levantan esos muros que me imposibilitan el acceso que creo merecer? y ¿Qué necesito demostrar con ese merecimiento?
A Laura nunca le había preocupado realmente su posicionamiento. Su filosofía siempre fue la de vivir cada instante que nos conceda la vida y enriquecernos interiormente con lo que hacemos. Merecer o no merecer una posición laboral nunca fue su prioridad sin embargo siempre buscó ese merecimiento en esas oposiciones que jamás consiguió.

Una Laura madura sonríe cuando piensa en ello y entiende, al final, que erró en ese camino porque no era el que tenia que tomar por más que se sintiera frustrada cuando no conseguía el reconocimiento.
Algunas veces la vida nos pone trabas en aquello que consideramos es nuestra meta y lo hace porque en realidad no es eso lo que queremos aunque pensemos que sí.
Laura se habia pasado media vida tratando de formar parte de la jerarquía cuando no creía en ella. ¿Porqué no se había escuchado a sí misma en vez de perder tanta energía con cada intento y posterior fracaso?

A menudo como Laura hemos de preguntarnos para qué necesitamos conseguir ese reto que nos hemos marcado, somos realmente nosotros los que lo deseamos o esa compensación viene necesitada por algún componente externo no identificado. A quién deseamos agradar, quién obtiene la recompensa, los otros o nosotros.
Si no tememos escuchar nuestro interior, las respuestas apareceran y evitaremos un gasto de energía innecesario y una proliferación de emociones negativas que sólo recompensan a aquellos que se alimentan de ellas.

martes, 11 de mayo de 2010

El cuento del anillo y la princesa aburrida




Érase una vez una princesa que creía en los cuentos de hadas. Vivía en un palacete de cristal y a través de esos ventanales saboreaba el mundo, en la distancia para que nadie fuera a lastimarla.

Un día empezó a albergar la idea de cruzar esos abruptos muros y recorrer las calles que otros recorrían a diario. Y así lo propuso a quien consideraba su amo y señor. Éste le comunicó sus dudas al respecto pero también, en un empeño por ser más tolerante, le concedió ese deseo a su amada princesa. No sin antes entregarle un bello tesoro que la protegería de la maldad humana que se escondía más allá de su reino. Y ese regalo no fue otra cosa que un precioso anillo tallado especialmente para ella. La piedra elegida era un topacio de color ámbar.

El intuitivo príncipe presentía que esa deseosa búsqueda de nuevos caminos podía hacer tropezar a su amada con algún que otro aprovechado de la ingenuidad e inocencia de ésta. Pero sabía que expresar ese temor sería vivido con rechazo y así el hombre se mantuvo al margen, dejando que fuera la princesa la que descubriera los engaños que le depararía su nueva andadura. Eso sí, se aseguró que jamás dejara de llevar ese amuleto y así quedó algo más tranquilo.

Cristina, que así se llamaba nuestra protagonista, recogió sus enseres y se despidió efusivamente de su amado príncipe diciéndole:

“No desesperes amado, necesito sentir y dentro de tu reino me estoy ahogando y eso me impide ser feliz. Quizás esté equivocada pero la respuesta la encontraré en el camino más allá de los muros del reino.”

Y sin mirar atrás, cruzó las majestuosas puertas que la separaban del mundo exterior.

Diego, que así se llamaba el esposo, contempló con pena como se escapaba su perla, aquella que tantos años de satisfacción le proporcionaron. Quería correr hacia Cristina para hacerla razonar, quería expresarle todo lo que nunca antes dijo porque siempre había supuesto que sobraban las palabras cuando el amor era evidente. Ese amor que ahogaría a Cristina por no, paradójicamente, sentirse amada.
Supo que no tenía que cruzarse en ese destino que ahora quería mostrarse caprichoso. La batalla estaba de antemano decidida y él no tenía papel en ella.

Cristina se adentró en un mundo lleno de experiencias, historias tumultuosas, unas atractivas y otras no tanto. Aprendió de la gente, se emocionó con las vivencias de otros y sufrió en su propia carne todo lo que no había padecido antaño.
Ese era su destino: sentir el dolor, la frustración, la confusión que los actores que se iban incorporando en su nueva vida padecían. Pero ése no era su rol.

Una mañana despertose angustiada. No se reconocía en el espejo. ¿Cuánto tiempo había pasado? Semanas, meses quizás años viviendo vidas paralelas que la estaban destruyendo y contempló nuevamente aquel anillo que ahora yacía ingrávido en su cajita. Se preguntó porqué no lo llevaba puesto y recordó que un día lo sacó de su dedo para desafiar el poder de la magia oculta en la piedra tallada.

Así pues en un momento de lucidez entre tanto mar de dudas se decidió a sacarlo de la cajita y colocarlo nuevamente en su dedo.
A partir de ese instante los días se abrieron más claros, y Cristina supo que había llegado el momento de regresar tras su pintoresca aventura.

Recorrió pueblos y caminos, aprendió de algunas personas sabias y sobretodo se reconoció a sí misma en más de una ocasión. Y un día alcanzó aquel lugar que abandonó creyéndose ahogada por sus fortificados muros y comprobó que se hallaba deshabitado, abrupto y solitario.

Su fiel guardián no la había esperado a pesar de todas las promesas, ésas que ahora aparecían vacías de contenido ante los ojos de Cristina.

Se instaló nuevamente en su palacio y mandó derruir aquellos ventanales para poder desde esa altura contemplar aquellos paisajes con mayor claridad. Aprendió a gozar de cada instante y a esperar pacientemente el regreso de quien posiblemente también iría en busca de su propio equilibrio.

Aquel hombre no supo encontrar el camino de regreso y quedó inmerso en un mar de acontecimientos que perturbaron su mente.

Cansada de esperar, Cristina partió en su búsqueda y preguntó al anciano alquimista de barba blanca por el paradero de Diego. El viejo titubeó porque reconoció en esa bella mujer aquella que antaño le pareció tan confundida e indecisa. Ahora, permanecía segura y sabía cuál era su objetivo. Finalmente le indicó una casa alejada al lado del mar, donde al parecer vivía con otra mujer. Le dijo que intuía que Diego se encontraba en peligro y la acompañaría en tal proeza.

Cristina y el sabio mago caminaron noche y día hasta llegar a aquel lugar señalado por el anciano y cuando estaban a poco menos de cien metros, Cristina divisó una silueta que se alejaba mar adentro. Corrió hacia él porque tuvo un extraño presentimiento y como poseída por una extraordinaria fuerza, alcanzó aquel cuerpo ya inerte antes de que se perdiera en la profundidad de las aguas marinas.

Nadó con él a cuestas y lo tendió en la arena al lado de Vigortis, que así se llamaba el anciano, que hizo a Diego sacar el agua que había tragado.

Cuando recuperó la conciencia preguntó si estaba soñando y dijo que si morir servía para poder verla de nuevo ese era su destino. Cristina le besó como nunca antes lo hiciera y le respondió que todavía tenían mucho por compartir juntos de nuevo, en esta vida. Le dijo que lamentaba haberle hecho desgraciado por sus deseos egoístas de sentir sin comprender que también podía haber recorrido ese camino con él.

Unos meses más tarde ella le preguntó porqué se adentró en el mar y Diego le dijo que en un sueño la vio desaparecer dentro del mar y aquella mañana la seguía para salvarla de un trágico final.

*.*.*


La vida avanza inexorablemente como el agua de un río arrastrando al ser humano con la corriente. El hombre con su equilibrio ha de ser capaz de afrontar las circunstancias adversas que le salen al paso. La vida no es más o menos justa, más o menos injusta, mala o buena, podríamos decir que la vida tan solo ES.

domingo, 4 de abril de 2010

La Llave (2ªparte)




Elena contempló sus temblorosas manos sin saber cuanto tiempo podría todavía mantener el papel entre sus dedos. Su corazón latía precipitadamente.
¿Qué debía hacer? – se preguntaba, pero no tenia la mente clara para emitir respuesta alguna. El contenido de aquella carta la había turbado por dos motivos, el primero, nunca antes Julián le expuso sus sentimientos tan abiertamente, y el segundo, sus teorías parecían tener una razón real. Ahora, más que nunca, debía tranquilizarse para poder pensar con claridad.
Consulto su reloj, las 2:30 am. Miró a través de la puerta de la habitación de Irene y constató que seguía profundamente dormida. Afuera sólo se oía la noche, una clara noche de luna llena.
Aprovechó para bajar al sótano donde, en su día, guardó el baúl que le había enviado Julián. Como estaba cerrado, lo dejó en un apartado y oscuro rincón, junto con el resto de objetos también de su propiedad. Posiblemente el hecho de mantener todavía esas pertenencias le hacían creer que aún seguían juntos, a pesar de la distancia y la escasa correspondencia recibida.
Sus verdes ojos buscaron entre las sombras el baúl dorado. Era de un tamaño mediano y la llave se introdujo en la cerradura sin complicación alguna. Una vez abierto, Elena extrajo el contenido de su interior: una libreta tamaño cuartilla cuyas hojas parecían a primera vista vacías, una agenda negra con unos raros símbolos en su interior, una pirámide de cristal de cuarzo verde-azulada y unas extravagantes gafas con doble juego de vidrios, alternando cuatro tonos de colores, marrón-azul-verde y naranja. Nada más, ni doble fondo, ni escondites secretos. Nada.
Elena suspiró con cierta angustia ya que aquel contenido no mostraba demasiada claridad a las palabras de Julián. En aquel preciso instante, una tenue silueta se precipitaba por las escaleras hacia el sótano. Los pasos aunque débiles prolongaron el estado angustioso en el que se encontraba Elena. Su corazón palpitó con fuerza hasta que el resplandor de la luna puso imagen a esos pasos. Se trataba de Irene en uno de sus despertares nocturnos. Sus azules ojos abiertos dejaban resbalar pequeñas lágrimas, como si se sintiera desbordada por una inmensa sensación de tristeza. Caminó hacia Elena y cuando se encontró frente a ella, cogió con sus finas y diminutas manos la pirámide de cristal al tiempo que le decía a Elena que se pusiera las gafas intercalando la posición de los vidrios. La simbología contenida en la agenda cobraba ahora un aspecto legible. Gratamente sorprendida, Elena abrazó a Irene y le dijo que no llorara, que no había motivo para ello, que con su ayuda estaban más cerca de ayudar a Julián. Irene contestó aún con lágrimas en sus ojos, que a Julián no le quedaba demasiado tiempo y tampoco a la humanidad.
Esa realidad que ahora estaba en su poder tenía que descifrarse al mundo, para que abrieran los ojos al engaño en que se habían convertido las vidas humanas.
Pero Julián les advertía que corrían peligro, que tenían que ponerse a salvo y estaba claro que esa casa que tanto tiempo las había mantenido protegidas del mundo, ahora podía suponerles un obstáculo. Si alguien las encontraba, no tendrían protección alguna, así es que tenían que salir cuanto antes de allí.
Consultó nuevamente su reloj, aún disponían de 4 horas hasta el amanecer y con ayuda de la luna podrían avanzar bastante. Pero ¿hacia donde? Recordó algunos de los amigos de su padre, gente influyente que quizás todavía no habría sido contaminada, pero claro eso podía exponerlas a un verdadero peligro. Entonces recordó a Roberto, su compañero de facultad. Luchaba desde la clandestinidad en contra de la opresión. Llegó a poner cara y nombre a los que estaban en el poder. Salió ileso de dos atentados y ahora estaba más oculto que antes, pero Elena sabía como contactar con él…
“Es buena idea” – dijo Irene como si le hubiera leído el pensamiento.
Tenían que dirigirse hacia el sur de Francia, donde Elena le había dejado antaño mensajes cuando necesitaba contactar con él. Probablemente era el único escondite todavía activo. Tenía que probarlo. Él podía ayudarlas, sabía cómo hacerlo….

Mientras, en algún lugar cercano, un hombre encendía un cigarrillo tras cerrar su móvil. Segundos antes, al otro lado del auricular, una voz grave le decía: “Puedes acabar con el objetivo. Deshazte de las pruebas. Tiene que parecer un accidente.”


Llegados a este punto, el autor/autora del relato de ficción debe decidir si terminar aquí, cediendo la batalla a los malos o bien, muy al contrario, sacarse un as de la manga y optar por salvar a los buenos y seguir con la narración.
En la ficción, todo es posible, pero en la realidad, en aquella que lo es para nosotros, a muchas personas se les arrebata su vida por ayudar a otros en este despertar que necesita la Humanidad.
Cada uno pone su grano de arena en esta, nuestra historia, la que nos incumbe a todos, porque lo importante es querer abrir los ojos a la verdadera realidad, aquella de la que somos esclavos y contra la que podemos luchar.
No hay que temer, solo hay que querer.



“Neo había recibido suficientes balas como para perder su vida, sin embargo, el hecho de saberse con el poder para cambiar el mundo consiguió que cambiara su realidad, o ¿fue el amor de Trinity?”

Cree en tu poder para hacer tu realidad, esa es la clave.

miércoles, 24 de marzo de 2010

La llave (1ª parte)




Elena miraba turbada aquella llave dorada mientras Irene se dirigía en estado semiinconsciente a su habitación. No era la primera vez que Irene actuaba de ese modo; de hecho, a Elena ya no le sorprendía, tras cuatro años de convivencia. Ese extraño comportamiento, que a otros podía desconcertar, a ella la fascinaba. Irene mostraba un sexto sentido para percibir determinadas cosas y Elena había logrado que eso no inquietase la fragilidad de una niña de 6 años tan especial.

La adoptó con 2 años cuando trabajaba en los Servicios Sociales de aquella gran ciudad. Su expediente llegó a sus manos “por casualidad”, pensó entonces, aunque ahora tras lo acontecido sabía que “nada sucede por nada”.
Ellas dos tenían que estar juntas en estos nuevos tiempos, en los que la humanidad parecía mostrarse tan perdida.
Irene formaba parte del conjunto de seres especiales que ayudarán al cambio, de eso Elena estaba segura y por esa creencia la recogió, la crió y la ayudó a desarrollar todo su potencial. Ahora con 6 años, Irene era toda una “precog”. Se mantenía inocente y pura sin el control de los que tienen el poder.
Elena se encargaba especialmente de su educación, la mantenía alejada de todo aquello que pudiera confundirla, atemorizarla o convertirla en un esclavo más, dentro de nuestra cárcel de cristal construida bajo nuestra dormida autorización...

Esa forma de pensar, esa obsesión por desentrañar la conspiración, la alejaron de Julián - recordaba Elena, mientras en sus manos tenía sujeta esa llave dorada.

Él, reconocido físico, fue captado, muy a pesar de Elena, por una de las principales empresas consideradas clave en el plan conspiratorio contra la humanidad. La poca credibilidad de Julián y la suntuosa suma de dinero que le proporcionó la nueva firma por sus investigaciones, favorecieron el alejamiento y posterior ruptura. Aunque ciertamente, ahora que lo pensaba, ¿acaso rompieron? Simplemente él se marchó a una sucursal en Michigan, y las llamadas y correos se fueron distanciando. Nunca llegaron a hablarlo…

Elena se concentró en la formación de Irene, en proporcionarle una estabilidad emocional, ofreciéndole un lugar donde vivir lo suficientemente alejado de la civilización para poder pasar lo más inadvertida posible.
Ahora, se reía recordando las palabras de su padre:
“tienes que ser autosuficiente, conseguir tus propios recursos y así sobrevivirás a la catástrofe que se avecina para la humanidad.”
Entonces, de niña le parecían tremendas tonterías, obsesiones de un viejo loco, pero algunos acontecimientos que vivenció, la llevaron a creer firmemente en ellas.

El padre de Elena era astrofísico y su repentina muerte dejó una sustanciosa herencia para ella. Él la había criado sólo; precisamente, en esa casa que ahora habitaba junto con Irene, habían pasado largas temporadas. Ese fue uno de los legados de su padre.
A Julián lo conoció en el círculo laboral de su padre, era un admirador de su trabajo y rápidamente se convirtió en “protector” de Elena. Unos meses de intensos encuentros desembocaron en una rápida convivencia. Lástima que sus caminos tomaran distintas sendas…

En los últimos 8 meses, tan sólo habría recibido el baúl dorado y ahora aquella extraña carta:

“No estamos a salvo. Tú tenías razón. Nunca debí aceptar ese trabajo. Me dejé comprar por ellos y ahora soy cómplice de este holocausto. Tenéis que desaparecer. Vendrán a por vosotras. He descubierto algo que nos pone a todos en peligro. Coge todos los documentos que contiene el baúl dorado que te llegó esta última semana. La llave lo abrirá. Mueve la verdad por la red pero borra tus pasos. No te fíes de nadie. Ellos no saben que existís. Me ha costado mucho hacerte llegar esta carta. Puede que hayan seguido el rastro. Coger vuestras cosas y desaparecer lo antes posible. Mi vida no vale nada pero vosotras dos sois un tesoro incalculable, sobre todo Irene, ella es la clave. Tienes que protegerla como yo siempre te protegí a ti. No contactes conmigo. Nunca dejé de quererte. Siento no haberte apoyado. “

Continuará…

martes, 3 de marzo de 2009

El sueño de Izi




Hace muchos años vivía en una humilde cabaña un anciano cuyo nombre era Izi. Aquel hombre sentía que ya nada era lo mismo sin su adorada Sabina, fallecida hacia poco menos de un año. Cada día transcurría del mismo modo y Izi sentía que con cada amanecer desaparecía un poquito de su vida. Languidecía lentamente recordando aquellos apasionados momentos junto a Sabina. Ya nada iba a ser lo mismo, se repetía una y otra vez. ¿Por qué tuvo que perecer antes que yo? ¿Por qué debo vivir? ¿No es pues la vida una elección? pues yo quisiera elegir morir por no vivir sin ella.

Entre lamento y lamento la vida de Izi iba transcurriendo hasta que un día soñó algo que le hizo reflexionar: en el sueño aparecía una reforzada muralla de piedra calcárea que protegía un maravilloso castillo; la muralla tenía una minúscula puertecilla por la que no habría hombre que pudiera pasar y tras la misma, un largo puente colgante cuyo final daba acceso al mencionado castillo. En ese punto del sueño Izi despertaba y al menos tardó una semana en volver a soñar lo mismo pero esta vez avanzando un poquito más la historia.

Al parecer en la entrada de esa minúscula puerta había un hombrecillo con una larga barba blanca y una gran pipa entre sus labios que parecía murmurar algunas palabras entrecordas, por el momento sin sentido para el viejo Izi. Al mismo tiempo la imagen del hombrecillo estaba como desdibujada, sin apreciarse claramente su rostro.

Los días ahora parecían transcurrir felizmente para el anciano, quien tenía algo distinto que pensar puesto que el sueño lo hacía reflexionar, preguntándose ¿qué sentido tenían esas imágenes que, noche tras noche se repetían, aportando más información y claridad conforme avanzaban las semanas?

Llegó el invierno y con él las primeras nevadas. Curiosamente el sueño seguía repitiéndose pero por algún motivo desconocido había algo cada vez más familiar en esas imágenes y el paisaje ahora también aparecía nevado. Hacía ya tiempo que el sueño se desvanecía al acercarse al rostro del hombrecillo, curioso ¿no?

Aquella fantástica noche de claro de luna fue diferente a las anteriores noches; ya ese día había transcurrido con ciertas directrices distintas: el cartero había entregado a Izi una misteriosa carta al parecer extraviada en el tiempo cuyo contenido confortaría gratamente a aquel hombre. La carta era de Sabina, probablemente escrita en su juventud y tenia como destinatario a cualquiera de ellos, Izi o la misma Sabina y en ella se relataba con suma precisión el lugar exacto donde se encontraba ubicado un tesoro ancestral. Lo mágico de ese hecho es que el tesoro no era un bien material sino una vivencia, algo enriquecedor hasta tal punto que haría felices a los más desdichados. La clave para acceder al mismo estaba en el sueño repetido de Izi. ¡Vaya! Se dijo asimismo el anciano, ¿para qué tengo que ser feliz ahora que ya no te tengo Sabina? ¿Qué sentido tiene todo esto que me está sucediendo?

Esa misma noche, la de claro de luna, Izi lo descubrió… La imagen de la muralla se le acercó, rompiéndose el muro en mil pedazos, la puertecilla esta vez apareció mucho más grande a sus ojos y el rostro del hombrecillo por fin se vio con claridad. No cabía duda ¡era él mismo! Ahora sí supo leer lo que sus labios decían: La felicidad está dentro de ti, aún tienes mucho que aprender en esta vida, no te permitas languidecer, Sabina no lo querría. El reto está en aprender a vivir sin ella y puedes hacerlo!

La siguiente mañana amaneció como otros tantos días pero algo en el interior de Izi era distinto, había cambiado; ahora sí tenía ganas de vivir, ganas de sentir, de enriquecerse con cada nuevo amanecer porque la felicidad la construyes tú mismo y sólo, si tú quieres, podrás ser feliz.

Izi aquella nueva mañana así lo había decidido.