jueves, 14 de mayo de 2009

La importancia de vivir



Un 30 de noviembre Juan ingresó en la sala de desintoxicación del Hospital del Mar de Barcelona. Eran las 10 de la mañana y puntualmente se hallaba en la puerta de acceso en espera de que procedieran a su registro, cosa habitual el primer día de ingreso. Media hora antes había consumido algo de heroína para despedirse. Ingresaba porque su relación con la droga era imposible de romper necesitando un entorno controlado donde llevar a cabo la desintoxicación.

María, la enfermera de guardia, le atendió sobre las 10.10 horas de la mañana. Pasaron a un despacho donde le hizo una serie de preguntas para rellenar el formulario de ingreso. Más tarde, pasaría visita con el médico y el psicólogo del hospital.

María fue quien le presentó al resto de los pacientes, aquellos que serían “su familia” en los próximos 15 días. Algunos llevaban unos días de ingreso, otros entraron ayer mismo y uno solo, Raúl, sería dado de alta al día siguiente por la mañana.

Esa era la rutina diaria de la sala de desintoxicación hospitalaria, ingresos y altas. Si se hubiera fotografiado a Raúl el día que ingresó y ahora se comparara con su aspecto actual uno pensaría que en esa sala se obraban milagros. El reflejo de un alma siniestramente absorbida había desaparecido.

Visité a Juan junto con el Dr. Pardo sobre las 12 de la mañana. La última toma ingerida todavía se hallaba presente obnulando su conciencia. Responder a las preguntas era sumamente difícil y dejamos esa primera entrevista sin completar.

Le comentamos que al día siguiente le harían una analítica completa para determinar algunos parámetros tan interesantes como el Virus de la Inmunodeficiencia adquirida. Por aquel entonces V.I.H. y heroína solían ir de la mano bastante a menudo.

Juan insistió en no querer saber el resultado pero le dijimos que tenía todo el derecho de saberlo y nosotros la obligación de comunicárselo.


Esa era la parte que más odiaba...

“Lo siento pero tienes los anticuerpos del Sida. No te preocupes, la ciencia avanza mucho y seguro que encuentran el tratamiento adecuado. No significa que vayas a morir, sólo ya tienes algo porque luchar, por lo que cuidarte, para alejarte definitivamente del mundo de la droga”.

Parecía un discurso aprendido que debía repetirse, una y otra vez. Lo peor de todo es que de alguna manera sentía que les engañaba porque la realidad es que desconocía su esperanza de vida, aunque así les profetizara. Lo único ciertamente válido es que esos resultados indicaban una gran verdad: estaban infectados, tocados por la muerte, ahora que trataban de rehacer su vida, ahora que por primera vez sí parecia importarles vivir.

La parte de la sala de desintoxicación era como un primer estadio en la trayectoria de una vida.
La última etapa yacía en la novena planta, en unas habitaciones con el indicativo “Entrar con mascarilla” en la puerta para proteger al paciente que las habitaba de contagio por gérmenes.
Esa planta albergaba únicamente pacientes terminales de SIDA. Día sí, día no, limpiaban a conciencia una habitación tras haber evacuado el cadáver del sufrido infectado.




En vida eran muertos pendientes de sacar su último aliento. Tras las puertas, rostros calavéricos, sollozando el silencio sin más deseo que terminar con esa vida sin vida.

Cuando subíamos a visitarlos la incógnita a resolver era conocer cuántos de aquellos enfermos visitados apenas dos días antes, seguían vivos. Algunos todavía no habían llegado a cumplir los 25 años y en esa corta estancia terrenal, siempre había estado presente su adicción, gozo que finalmente le llevaría a la tumba lentamente, lamento tras lamento, como si alguien disfrutara con sus eternos e incesables suspiros.

La vida es bella y saborearla albergando la esperanza de contruir un futuro feliz es el anhelo que equilibra al humano, pero cuando no hay la posibilidad cierta de un futuro, de un volar años hacia adelante con la imaginación ¿deseas vivir?

Todos sabemos que la vida acaba con la muerte pero no pensamos en ella, simplemente vivimos. Aquellos enfermos de SIDA piensan a diario en su limitada vida lo cual les hace imposible el disfrute del momento actual. Y pensar que la gran mayoría se infectaron por el uso de una jeringuilla compartida...


Los análisis de Juan dieron positivo en cuanto a presencia de anticuerpos del VIH. Su rostro al oír la noticia languideció y tras el silencio de la misma declaración, las palabras de Juan irrumpieron con profunda serenidad:

“Tardé años en cruzar la puerta de esta sala; nunca antes creía estar preparado para afrontar el reto de vivir una vida sin adicción. Ahora que lo he logrado, ella misma se ha cerrado. Ya no hay vuelta atrás y lo peor es vivir la agonía de la desesperanza. No más juegos, ahora la vida me ha dado la espalda.”

En aquel momento mis labios se entreabrieron dejando escapar unas palabras profundamente sentidas desde mi corazón:

“Juan, sé que en estos momentos de confusión, de desconcierto, vives tu futuro bajo una visión de túnel en la que sólo eres capaz de pensar en la adversidad. También sé que pensarás que para mí es muy fácil hablar, yo que sigo “limpia” difícilmente puedo ponerme en tu lugar, pero déjame decirte algo: Mi mejor amiga Sandra fue infectada hace un par de años al mantener relaciones sexuales con alguien que tenía el SIDA. Su primera reacción al conocer su “suerte” fue la misma que la tuya, odio y ofuscación. Cayó en una profunda depresión de la que salió con la única ayuda de sí misma y de un grupo de autoayuda al que acudió para superarlo...”

* * *

Todos tenemos el mismo destino final pero no pensamos continuamente en él porque si eso hiciéramos no disfrutaríamos del día a día.
Hay que aprender a amar la vida, cada nuevo día y sentir la riqueza de cada amanecer en los poros de nuestra piel. Si haces tuyo ese sentimiento no perderás el tiempo con memeces que sólo atan y paralizan.
La clave está en abrir tus sentidos al mundo y a las sensaciones que éste te ofrece.

Siente con amor la esencia de vida que enriquece tu interior.

miércoles, 13 de mayo de 2009

¿Somos codependientes?



¿Quién verdaderamente puede mantener una relación de años enteros con un enfermo sino otro enfermo?

Un adicto a sustancias obtiene el sentido de la vida a través del uso, al mismo tiempo que depende del Codependiente para mantener su estilo de vida. El codependiente a su vez depende del adicto para darle un sentido a su vida, él o ella, és la ayudadora incondicional y permanente; el codependiente es adicto al estado de la persona.

La persona codependiente es aquella que ha permitido que su vida se vea afectada por la conducta de otra y está obsesionada tratando de controlar esa conducta. El codependiente depende del adicto para obtener su seguridad psicológica.

Estas són algunas personas que pueden caer en la codependencia:

•La hija de una codependiente (conductas aprendidas)
•La joven que se convierte en madre de su hermanito
•Una madre y su relación con su hijo minusválido
•Una niña que sufre maltrato doméstico y/o abuso sexual
•Una madre sobreprotectora
•Una mujer víctima de degradaciones en su matrimonio.
•La esposa de un neurótico
•La hija de un alcóholico
•La madre de un adicto a sustancias.

En todos estos casos, la persona pierde la capacidad de pensar en sí misma. No gobierna su vida; sus sentimientos y pensamientos se hallan sujetos a la conducta de la otra persona.

Un codependiente dialoga con la vida a través de la realidad de otra persona, al mismo tiempo que construye para sí una imagen que contiene como ingredientes principales su ayuda y abnegación, haciéndolo en forma tan enfermiza que el resultado es un sufrimiento heroico, algo así como un martirio.



Su gratificación autoafirmativa proviene de los aplausos y la pena de los demás, sus procesos internos viscerales más comunes son el llanto y la rabia.

Entre un adicto a sustancias y el codependiente, la comunicación se realiza mediante los mecanismos de defensa, todo el lenguaje verbal y corporal es una lucha de posturas egocéntricas y autoafirmativas.


En una película que trata sobre la codependencia, el codependiente en su manipulación, le dice a su esposa adicta, que ya lleva un tiempo rehabilitándose, que ha cambiado mucho, que ya nada es como antes, a lo cual ella contesta:

“Probablemente aquello que nos atrajo uno del otro es precisamente la razón por la que no podemos estar juntos.”

lunes, 11 de mayo de 2009

El despertar de Carlos




Conocí a Carlos cuando yo pasaba visitas a la sala de Psiquiatría de un conocido hospital catalán junto con el psiquiatra encargado de mi master. En dicha sala se encontraban internados 10 pacientes de diferente diagnóstico psiquiátrico. La mayoría eran personas mayores salvo Carlos, un paciente con TOC (Trastorno obsesivo compulsivo) llamado Víctor que finalmente trasladamos de centro por falta de recursos propios y Mónica, una adolescente que le gustaba “comerse” todo lo que pillaba por delante (bolígrafos, termómetros, etc…) así es que había pasado por quirófano varias veces en sus múltiples tentativas de suicidio o autodestrucción.

Carlos me gustó desde el primer día por su delicado aire infantil y a la vez inocente. Tenía mi misma edad y parecía haber perdido toda ilusión que caracteriza nuestra etapa juvenil. Sus fascinantes ojos azules siempre anclados en un horizonte que carecía de objetivo donde fijarlos. Su cuerpo se sentía siempre cansado y, a pesar de las exigencias de su médico de que evitara el meterse en cama, siempre se encontraba acostado porque sufría de una apatía extrema.
Supongo que la suerte o casualidad provocaron que mi mentor delegara el caso de Carlos en mi persona mientras él se mantenía ocupado en otros quehaceres. Pudiendo ejercer libremente la labor terapéutica en un despacho provisto para la ocasión, di rienda suelta a mi trabajo psicológico.
Mi objetivo era doble: conseguir que sonriera y que paseara por las diferentes disposiciones del hospital.
Parecerán simples objetivos pero para Carlos era todo un logro conseguirlo y yo sabía que si lo lograba, eso supondría un avance en su enfermedad de manera que junto con la medicación imprescindible de todo esquizofrénico, pudiera empezar a contactar con el entorno y “sentir”.
Su enfermedad sería más llevadera tanto para él como para su familia si lográbamos ambos propósitos aunque para mantenerlo tuviéramos que estar “encima” continuamente.
Tenía unos padres que lo querían y se preocupaban mucho por él, así es que si en su internamiento avanzábamos algo, podrían ellos ocuparse de él en casa intentando que llevara medianamente lo que podemos llamar “vida normal” para un esquizofrénico.
Tras dos o tres visitas sin ninguno de los resultados deseados le pedí que me mirara con sus bonitos ojos y supongo que al sentirse turbado, sonrió. Fue algo apenas perceptible pero lo suficiente para sentirme satisfecha en mi propósito.
Luis, el doctor, apenas podía creerlo cuando transcurridas unas semanas volvió a visitarlo junto a mí. Habíamos conseguido relativamente poco para otros pero para nosotros eran verdaderos logros. El primero, su sonrisa que volvía a estar presente ante chistes, comentarios sarcásticos o simplemente muestra de afecto. El segundo, mantenerse de pie, sin acostarse o tumbarse, durante todo el día salvo la noche y la siesta de la tarde. Y finalmente, sus salidas hasta la entrada del hospital o hasta la planta 5ª.
Recuerdo que la primera vez salió conmigo y estuvo todo el paseo quejándose de todo tipo de dolores musculares, intentando volver varias veces. Los primeros días si lo encontraba acostado se justificaba porque había salido al pasillo durante cinco minutos y eso lo había agotado. A las enfermeras les tenía dicho que no admitieran su cansancio y si hacía falta lo levantaran a la fuerza. Una mañana fui yo quién le increpó una jarra de agua para sacarlo de la cama. Realmente no fue fácil pero conseguimos avances y conforme los fuimos alcanzando él se sentía mejor y a la vez más consciente de la aterradora realidad que giraba en torno a su enfermedad. Un mal que le haría de sombra toda su vida.
En su historia clínica ése fue su segundo brote importante tras la separación de su mujer por deseo de ella. Como respuesta él se derrumbó y tuvo que ser hospitalizado. Era uno de los antiguos, se había acostumbrado a la rutina del hospital. Yo lo liberé de alguna manera de esa “rutina” pero devolviéndole a la realidad se aferraba con fuerza a recuperar a su mujer que ya no lo amaba pero eso él no lo entendía. Si él estaba bien, no enfermo, ella seguiría con él.
La realidad era otra, me aclaró su madre, ella se había vuelto a casar e inclusive no quería que Carlos pudiera visitar los fines de semana alternos a su propio hijo, porque sí, Carlos tenía un hijo de 5 años que apenas conocía o había sabido tratar.
Cuando le pregunté sobre sus expectativas a Carlos se puso a llorar con la inocencia de un bebé. Me dijo que sólo quería tener a su lado a su mujer y a su hijo y merecer su cariño no su comprensión.
Me hablo del niño y me contó que se avergonzaba de sí mismo ante él, de su esquizofrenia con la que tendría que vivir para el resto de sus días.

La conciencia de la enfermedad invalidante le habían enterrado en un caparazón con todos sus recuerdos bien hundidos. No deseaba salir al mundo, a un mundo al que no podía servir con su esquizofrenia siempre tras sus talones. Porque uno nace, vive y muere, por así decirlo, siendo esquizofrénico o al menos, diferente... a los seres humanos ¿normales?

jueves, 7 de mayo de 2009

Conoce a tu depredador (2ª parte)



Mecanismos de defensa de las víctimas de violencia psicológica

•Mantiene una relación con su agresor, al que agradece intensamente sus pequeñas amabilidades.
•Niega que haya violencia contra ella y, si la admite, la justifica.
•Niega sentir ira o malestar contra su agresor
•Siempre se muestra dispuesta a contentar a su agresor.
•Siente que el agresor la protege.
•Cree que las personas que desean ayudarla están equivocadas y que su agresor tiene la razón.
•Le resulta difícil abandonar al agresor aún después de tener el camino libre.
•Teme que el agresor regrese a por ella aún cuando esté muerto o en la cárcel.

¿Por qué no se denuncia?

•Falta de información.
•Indefensión aprendida.
•Baja autoestima.
•Intimidación.
•Autoengaño.
•Dependencia emocional, económica o social.
•Pensamientos irracionales.
•Consecuencias sociales.
•Vergüenza.
•Falta de apoyo y miedo al agresor.

Conductas consideradas como maltrato psicológico

•Criticar constantemente las habilidades como pareja, madre o empleada.
•Comportarse de manera sobre protectora
•Celos
•Amenaza con hacer daño a los hijos, familiares o a sí mismo
•Impedir a su pareja ver a sus familiares o a sus amigos
•Enojarse inesperadamente
•Destruir las pertenencias de su pareja
•Negar el acceso a recursos de la familia tales como el coche, las cuentas del banco, las tarjetas de crédito.
•Intimidación o manipulación.
•Pegar con la mano, puño, patear, empujar o morder.
•Impedir el ir donde una quiera, cuando y con quien una quiera.
•Forzar a tener relaciones sexuales.
•Humillar, menospreciar o avergonzar a la pareja frente a otras personas.

Características generales del maltratador

•Baja autoestima.
•Se apresuran en las relaciones de pareja.
•Excesivamente celosos.
•Exhiben conductas controladoras.
•Esperan servilismo de sus parejas.
•Son misóginos (creen en la supremacía de los hombres).
•Habilidades comunicacionales deficientes.
•Utilizan la bebida o la agresión para hacer frente al estrés.
•Culpan a otros por sus acciones.
•Son muy sensibles a la crítica.
•Presentan personalidades duales (en casa y fuera de casa).
•Exhiben crueldad hacia los animales.
•Conductas destructivas (rompen cosas).
•Adicción al alcohol u otras sustancias.
•Historia de violencia.
•Utilizan la fuerza para obtener relaciones sexuales inclusive después de un incidente violento.
•Aíslan.
•Minimizan el abuso.
•Excesivamente críticos de sus parejas.
•Demuestra conducta impredecible.
•Menosprecia verbalmente a su víctima.
•Siempre pide otra oportunidad, siempre dice que cambiará.
•Es tenaz.
•Juega con el sentimiento de culpa de su pareja.
•Puede parecer encantador a los demás.
•Tiene una mente cuadriculada.
•Su manera o ninguna.
•Está enfadado con las mujeres.
•Considera su conducta violenta como aceptable.
•Cree en roles de genero.
•Se adueña de la personalidad de su víctima (“antes muerta que divorciada, si no eres mía no eres de nadie”).

martes, 5 de mayo de 2009

Conoce a tu depredador



La violencia de los hombres contra las mujeres plantea un problema muy amplio y complejo además de una violación de los derechos humanos.

Hasta finales del siglo XX no se califica de delito la violencia del hombre en casa. En la 1ª Conferencia de Mujeres de las Naciones Unidas de 1975 aún se consideraba la violencia doméstica como un asunto de familia. En 1985, en la Conferencia Mundial de Nairobi ya se empezó a considerar la violencia doméstica como aquella que pone en peligro los derechos fundamentales, la libertad individual y la integridad física de las mujeres. Finalmente, en Beijing (1995) se reconoce la violencia contra las mujeres como un obstáculo para la igualdad, el desarrollo y la paz de los pueblos, impidiendo que las mujeres disfruten de sus derechos humanos y libertades fundamentales.

Definimos VIOLENCIA como un patrón de conducta que se usa para ejercer coerción y control sobre alguien, y puede incluir MALTRATO FÍSICO, SEXUAL, ECONÓMICO, EMOCIONAL Y PSICOLÓGICO.

Cualquier persona puede ser víctima de la violencia doméstica, pero la gran mayoría son mujeres ya que se trata de una expresión de dominio del hombre sobre la mujer.
Está fundada en un reparto desigual del poder entre hombres y mujeres, producto de la agresión social, su dependencia económica y la asignación de roles en base a una estructura patriarcal.

La VIOLENCIA PSICOLÓGICA es cualquier acto o conducta intencionada que cause un daño emocional. Consiste en enviar mensajes y gestos o manifestar actitudes de rechazo.
La intención es humillar, avergonzar, hacer sentir insegura y mal a una persona, deteriorando su imagen y su propio valor, con lo que se daña su estado de ánimo, se disminuye su capacidad para tomar decisiones y para vivir su vida con gusto.

Para que el MALTRATO PSICOLÓGICO se produzca tiene que mantenerse durante cierto periodo de tiempo. Tiempo en el que el verdugo asedie, maltrate o manipule a su víctima y llegue a producirle la lesión psicológica, dejando a la víctima incapacitada para defenderse.

El Maltrato psicológico puede darse de manera ACTIVA o PASIVA. Pasivo es la falta de atención a la víctima o abandono emocional. Activo es un trato degradante continuado que ataca a la dignidad de la persona.


Desde la posición de VICTIMA a veces es difícil detectar el padecimiento de violencia psicológica porque en esas situaciones a menudo desarrollamos mecanismos psicológicos que ocultan la realidad cuando resulta excesivamente desagradable.
Aprendemos a NEGAR y a INTELECTUALIZAR la violencia de la que somos víctimas, buscamos justificación para la actitud del agresor y a veces recurrimos a culparnos de lo que sucede. Buscamos en nuestras actitudes pasadas y presentes el motivo del maltrato. Recorremos una a una nuestras palabras, gestos, acciones buscando la causa de la violencia que creemos hemos provocado.

¿Cómo detectar abuso, maltrato o violencia psicológica?

•Si das vueltas a situaciones incomprensibles que te producen padecimiento o malestar, intentando averiguar el porqué.
•Si sufres en silencio una situación dolorosa y esperas que las cosas se solucionen por sí mismas.
•Si te sorprendes a ti misma haciendo algo que no quieres hacer.
•Si has llegado a la conclusión de que la situación dolorosa que sufres no tiene solución porque te la mereces.
•Y si te sientes mal frente a una persona, si te produce malestar, inseguridad, miedo, emociones intensas injustificadas, un apego o un afecto que no tiene justificación, una ternura que se contradice con la realidad de esa persona, si te sientes poca cosa, inútil, indefensa o tonta delante de esa persona.


Continuará...

domingo, 3 de mayo de 2009

El sentido de vivir




Se encontraban madre e hija en la habitación de la clínica donde apenas unas horas antes, la primera de ellas era operada. El padre, nervioso y asustado todavía, daba vueltas por el edificio, sin saber demasiado como ayudar, en una situación totalmente nueva para él. La vida, en pocos días, daría un giro a esa familia. Siempre preocupados por otros. Padres ancianos, hijas infelices y poco ávidas de recursos. Ahora deberían empezar a ocuparse de ellos, o más concretamente, de ella. La madre, mujer de unos 70 y pocos años, diagnosticada escasos días antes de un cáncer de mama, tan frecuente en nuestros tiempos pero tan poco asumido en una familia que jamás había sufrido ningún caso.

Vecinas de su edificio, aquellas con las que compartiría la ilusión de un nuevo comienzo, fueron tratadas por ese mismo motivo, años antes, pero esa mujer nunca llegó a pensar que a ella podía ocurrirle semejante infortunio.

La hija mayor, al saber la trágica noticia, se preocupaba por la posibilidad de que le quedara pelo a su madre tras la quimioterapia, asegurada en estos casos. La consolaba diciéndole que en algunos casos el pelo no cae. La hija pequeña, siempre más evolucionada, no por razón de estudios, lamentaba pertenecer a esa familia que parecía no entender el valor de la vida. Tras su separación se desplazó a una ciudad distinta y mantuvo casi exclusivamente un contacto telefónico para evadirse del control que pretendían tener con los miembros del clan familiar.
Se cansaría de pelear, de ser etiquetada como rebelde, como tonta por pensar más con el corazón que con la cabeza y quería vivir como sus sentidos así le dictaran.

El padre, un hombre de 75 años, dependiente por completo de su esposa, fiel a ella en toda la extensión de la palabra. Se descomponía por dentro pensando en un futuro incierto. Pero sólo era un diagnóstico.

Aquella mujer se operó a tiempo. Salió con buen pronóstico de la clínica pero alguna cosa cambió en su interior.

El destino le ofrecía un respiro además de darle un pequeño aviso, para que se tomara las cosas con más acierto. Tenía que aprender más a escuchar aquellas señales que se le mostraban en su camino. Reconocería tras ese suceso, que en la vida nada ocurre por casualidad, todo tiene una razón de ser. No volvería a repetir esa frase tan común en ella: “Voy pasando...”. Porque por la vida no se pasa, se vive, se siente, se aprende y sobretodo, se disfruta de este paseo terrenal.

domingo, 26 de abril de 2009

Una conversación íntima




Aquellas cuatro mujeres sentadas alrededor de una mesa exquisitamente preparada para la ocasión conversaban animadamente en esa noche exclusiva de ellas. Era día de fútbol y los maridos, amantes, incluso sus ex les concederían ese privilegio.
Todas ellas se encontraban en edad madura y poseían una mochila muy bien cargada por las experiencias de los años. Ese rincón también incluía un espacio para los secretos, las mentiras y los desengaños. Aquella noche tan especial favorecería que la mochila cobrara vida y entre copa y copa se escapara de su interior intimidades jamás contadas.

Amelia, la mayor, pero no por ello menos ingenua, parecía haber aprendido mucho de la vida. Separada desde hacía más de 20 años aparentaba superioridad y consejos a tener muy en cuenta de los hombres.

¿Por qué cuando se reúnen mujeres acaban pasando la velada hablando de ellos? Lo peor es que se definen libres y benefactoras de esa libertad, cuando ni siquiera el día que se reúnen, son capaces de dejar de hablar del género masculino.

Clara, se mostraba, al principio, escurridiza en cuanto al contenido de su mochila, fielmente atada a la espalda, pero el poder de seducción que esa bebida espumeante produjo en todas ellas no fue menos en su caso, poniendo encima de la mesa las miserias que tanto la paralizaban.

Ester seguía atrapada en una continua emoción negativa, porque todavía tras siete años no había perdonado la infidelidad de su exmarido. Al menos ella reconocía su fijación y sabía que ésa no le permitía avanzar. El resto no escuchaban su propio interior que les recordaba que carecían de libertad.

Olga observaba a cada una mientras pensaba lo feliz que era por tener que hacer lavadoras con la ropa de su marido, escucharlo malhumorado cuando había tenido un mal día o sentir sus brazos rodearla como acto reflejo mientras dormía plácidamente en su mismo lecho.

¿Soy la única que me doy cuenta de ello? –pensaba mientras una agradable sensación invadía su cuerpo.

El restaurante, acogedor, albergaba historias de parejas censuradas, tras un oculto callejón. Su luz, tenuemente iluminada, ofrecía un espacio íntimo donde poder llevar a cabo sus fantasías más sensuales. Manos atrapadas en tomas instantáneas, besos robados en sus esquinas y con toda seguridad, más de una lágrima rozaría esas mejillas ávidas de amor.

Cuántos pensamientos se sumarían a la detención de esos instantes como mágicos cuando si fuéramos honrados con nuestros sentimientos seríamos alquimistas en nuestra vida haciendo que esas elecciones que un día llevamos a cabo se mantuvieran como las deseadas. Esas parejas ocultas no tenían porque serlo porque ellos elegían encontrar la felicidad con quien tuvieran a su lado o ser desdichados lamentándose de no poder estar juntos. ¡Qué ironía! Ellos eran quienes paralizaban sus propias vidas y se las daban de seres libres.

Olga volvió a la realidad de la conversación cuando Clara definió lo que esperaba de una relación, negando la convivencia, argumentando que eso la conduciría con toda seguridad al fracaso.
Esas palabras penetraron de tal forma en su mente produciendo una reacción que daría paso al juicio.

Cuando una pareja se siente bien estando juntos, dictaminó, no tienen suficiente con los paseos, las cenas o los besos. Las noches gustan de compartir y el dormir acompañados es un placer aceptado.

Las demás la miraban atónitas pero eso no frenó a Olga que continuó en su discurso, más clara y concisa que jamás estuvo.

La convivencia encierra nuevos retos para la pareja, necesarios porque esa es la realidad. Somos seres humanos, con virtudes y con defectos, no tenemos que pretender cambiar al otro ni amoldarnos a él, sólo tenemos que amarnos y mostrarnos al otro con transparencia, sin maquillajes, sin encuentros siempre románticos, sin rostros sensibles e inocentes que esconden a la persona atormentada que a menudo somos.

La convivencia no supone limitar el espacio personal o ceder mi libertad, muy al contrario, aquellos que dan lecciones tachando la convivencia de negativa desearían con todas sus fuerzas lavar los calzoncillos de quienes ahora solo les conceden encuentros fortuitos y, con ello, poseen el control de esas vidas ajenas.

Ahora justifican sus acciones, sus limitaciones, su escaso control de su propia vida con esa efímera satisfacción que les proporciona el sentirse libres y eso es una tremenda utopia sobre la que han construido sus valores.

En esa lista han olvidado algo tan obvio como a ellas mismas, sus verdaderas necesidades, sus verdaderos sentimientos, a favor del bienestar ajeno, de aquel que engaña, que vive una vida de mentiras, atrapando egoístamente a una y a otra ofendida.

Las miradas de sus compañeras de cena continuaban expectantes y Olga terminó con estas palabras:
No critico vuestras vidas ni trato de imponeros la mía como única salida. Sólo espero que os recordéis personas cuando justificáis el engaño, cuando sois cómplices del mismo.

¿Qué valor os concede una persona que actúa de esa forma?

Tenéis el poder de decisión en vuestras manos, podéis elegir ese amor oculto, si queréis pero no os lamentéis cuando no os pueda dedicar su tiempo.
No os creáis libres cuando estáis atrapadas en sus redes ni concedáis consejos sin saber qué haríais en determinada situación.

El ser humano tiene tendencia a generalizar y experiencias vividas negativas producen rechazo y crean barreras. Esto es totalmente lógico pero tratemos de no perder la perspectiva emitiendo juicios sin valor que podrían perjudicar al débil o a aquel que no tiene criterio. En esta red humana, todos somos modelos a imitar.

El buen psicólogo no aconseja el camino a seguir sólo muestra las opciones posibles para que veas todos los senderos. La elección siempre es tuya, asumiendo por supuesto las equivocaciones que pudieran surgir, pero jamás hay que vivirlas como tales, porque TODO SUCEDE POR ALGUNA RAZÓN y eso es lo que tenemos que aprender de las vivencias recibidas.


Aquella cena de amigas terminó con reflexiones en el interior de cada una. A algunas les serviría más que a otras.

Olga reforzó su decisión de convivencia definiéndola como aquella que concede espacio personal si así se desea, porque la “CAPACIDAD DE DECISIÓN ES LO QUE OTORGA LIBERTAD”.