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miércoles, 20 de octubre de 2010

Mujeres Maltratadas




- ¿Qué has visto a un fantasma o es que me escondes alguna cosa? – murmuró Lucas receloso por la actitud de su mujer -
- ¡Hola cariño! ¿Qué tal ha ido el trabajo? – dijo María con voz temblorosa tratando de ignorar el interrogante inicial de Lucas – Hoy has llegado un poco más temprano ¿no?
- ¿Acaso ya no me escuchas, quizás tu mente limitada no sabe responder a una simple pregunta? – inquirió Lucas mientras se acercaba a ella con mirada desafiante.
- Perdona no quería disgustarte – apremió María tratando de evitar lo inevitable.

Lucas se abalanzó hacia María y ante la inútil huida de ésta la agarró por sus lacios cabellos negros para abofetearla en la mejilla derecha. Del impulso de la bofetada María salió despedida hasta un sofá cayendo abatida en él con el albornoz abierto dejando entrever sus muslos, cosa que excitó a Lucas.

- ¿Con quién has pasado la noche ramera? Ahora sabrás lo que es un hombre de verdad – musitó Lucas al tiempo que se bajaba los grasientos pantalones de trabajo que directamente le estaban rozando la piel. Su masculinidad se hallaba erecta ante la excitación del momento.
- Déjame Lucas, ahora no me apetece y además no me gusta que me digas esas cosas. – suplicó temerosa María.

Lucas le propinó una nueva paliza que la dejó semiinconsciente sin apenas tiempo para enterarse de la eyaculación de su marido en su interior.


Así eran los momentos de intimidad en casa de los Gómez, intensos y duros, procurando el placer de uno de tantos eyaculadores precoces y obviando la hostilidad que rodeaba al acto.
María se había acostumbrado a esas vivencias por el bien de la familia; lloraba en silencio mientras se encontraba sola, aguantaba porque creía que todas las parejas tenían períodos difíciles, y, sobretodo pensaba que su inferior condición social de mujer no le otorgaba otros derechos que los de tener y cuidar una familia. Lucas era el cabeza de familia y ella tenía que tratar de equilibrar la armonía en el hogar.
¿Armonía? Se reía en sus adentros mientras susurraba esas palabras.

Todavía despojada de sus ropas y con Lucas dormido encima de ella, María recordó la petición de Doña Isabel, su señora, de preparar una comida especial para dar la bienvenida a su hija Elena quién tras años en el extranjero finalmente regresaba.

“María mañana vendrá Elena, mi hija, para pasar una temporada con nosotros, me gustaría que preparases un cocido de aquellos que te salen tan bien para que sienta el calor del hogar tras su separación”.- había dicho.

Al parecer, Elena se había divorciado recientemente de su marido con el que vivía desde hacia 12 años y había abandonado país y trabajo para regresar a su ciudad natal con sus padres y demás amigos. Desde que se casó marchó a Inglaterra, país origen de su marido y allí vivió hasta hoy.
María no la conocía pero sentía curiosidad por esa chica independiente que había elegido separarse sin ningún temor a seguir viviendo un engaño.
La consideraba inteligente por su valentía y, al compararse con ella, María se sentía simplemente una estúpida mujer casada y dependiente de un marido, con dos hijos de 12 y 8 años y quizás uno por venir, si así lo confirmaba el análisis de orina que le practicaron en la farmacia de Manolo el día anterior.

Llevaba casi 3 años trabajando en casa de los Hurtado y se sentía muy a gusto con ellos. Probablemente eso y sus niños eran los motivos que la mantenían viva.

Miró el reloj de encima de la cómoda y con gran destreza se liberó de los 90 kilos de Lucas y se puso en marcha. Se sentía algo indispuesta pero no había tiempo que perder. Se lavó sus partes íntimas y se vistió con uno de los vestidos que Doña Isabel le había regalado. Cada vez que Doña Isabel paseaba por el mercadillo llegaba a la casa con un vestido para María. La apreciaba como si fuera una hija y María sentía por ella, al mismo tiempo, el afecto de una hija a su madre, o eso creía ya que María era huérfana de padre y madre y se había criado en instituciones hasta que cumplió la mayoría de edad. Ese mismo año conoció a Lucas y se enamoró perdidamente de él. Se sentía protegida y querida, aunque esto último duro poco tiempo. Pero no quedaba más tiempo para recordar, debía darse prisa si quería tener listo el cocido para cuando Doña Isabel llegara del aeropuerto con su hija Elena.
Se maquilló con esmero para disimular la rojez aparecida por las bofetadas que Lucas le había propinado. Estaba acostumbrada a ocultar al vecindario las palizas recibidas, aunque a Doña Isabel nada podía pasársele.
“Cuando dejarás a Lucas, es cruel contigo y no te merece” solía decirle a menudo, a lo que María respondía “No se preocupe, seguro que no volverá a pasar, en el fondo sé que me quiere aunque tiene un poco de mal carácter, como todos los hombres” y cambiaba de tema ante la mirada dubitativa de Doña Isabel.
Comprobó que la comida estuviera a punto para cuando Lucas despertara y cerró la puerta con sigilo para salir apresuradamente en dirección a la calle Padilla donde vivían los Sres. Hurtado, Don Álvaro y Doña Isabel, sus patrones.
En casa de los Hurtado, María se sentía feliz porque a pesar de ser su criada la trataban con cariño y respeto. Cada día entraba sobre las 9:30 horas y salía a las 17:30 a tiempo de recoger a los niños a la llegada del autocar. Desde la parada donde descendían paseaban los tres juntos felices hasta la llegada a casa. Durante ese paseo María disfrutaba escuchando las peripecias de sus queridos Ana y Marcos. Ese rato y la estancia en casa de los Hurtado eran lo mejor que le había proporcionado la vida.

A sus recién cumplidos 31 años parecía haber recorrido una larga vida por lo agotada que se sentía. Conoció a Lucas con 18 y se quedó embarazada de Marcos enseguida así que se tuvieron que casar a toda prisa al año de conocerse. Se había enamorado de Lucas locamente quizás porque no había conocido otro hombre pero ahora, a sus 31 años y tras 12 de casados, dudaba por primera vez si había hecho bien. Siempre se había mostrado conforme con lo que la vida le había aportado pero llevaba una temporada soñando despierta demasiadas veces en una vida distinta, sin riñas, sin miserias y sin desengaños. Suerte tenía de sus amados hijos, aquellos por los que ella daría la vida pero ahora... ahora llevaba en su interior otro pequeño ser, un bebé no deseado por el padre que traería más problemas dentro de la desestructurada dinámica familiar en que vivían.

Absorta en sus problemas llegó a casa de los Hurtado con tiempo para arreglar la casa antes de que llegaran Isabel y Elena.
En el salón-comedor había una vitrina repleta de fotos de esta última, desde su infancia hasta escasos meses atrás. No era excesivamente guapa pero su rostro tenía una gran fuerza con unos profundos ojos verdes y una hermosa cabellera pelirroja. Tenía 37 años aunque nadie le hubiera echado más de 35. Si la comparaba con ella los seis años de diferencia apenas se percibían.

El rostro de María reflejaba la amargura y el cansancio de los años de infelicidad vividos y el de Elena la esperanza de un nuevo camino por seguir.

El timbre del teléfono la despertó nuevamente de sus pensamientos.

- ¡Buenos días María! ¿Qué tal va todo por casa? – preguntó doña Isabel.
- Muy bien, doña Isabel – interpuso María – ahora mismo iba a preparar el cocido. ¿Ya ha llegado su hija?
- No querida, su vuelo llega con retraso – contesto doña Isabel – así es que cuentas con una hora más. Si todo marcha sobre lo previsto estaremos en casa aproximadamente a las 13:30 horas.
- Tranquila, doña Isabel que todo estará listo a esa hora. ¿Qué le digo al señor Álvaro cuando llame? – preguntó María.
- Recuérdale que traiga un poco de repostería de la pastelería de doña Encarna. - contestó Isabel.
- Muy bien, así lo haré. – respondió educadamente María.

Se adentró en la cocina y puso en cocción todos los ingredientes a fuego lento. Limpió las habitaciones y preparó con esmero la de Elena para que se sintiera a gusto y reconfortada nuevamente en su hogar.

¡Cuánto hubiera deseado María haber sentido el afecto de unos padres que la cuidaran y la hubieran protegido en los momentos difíciles!

Quizás por esa carencia, María se comportaba con dulzura y cariño hacia sus hijos, y los momentos diarios que pasaban los tres solos los recubría de gran afectividad.
Esperaba que de mayores al recordar su niñez se sintieran felices eclipsando con dicha felicidad el temor diario hacia su progenitor.
Marcos y Ana se habían vuelto tímidos e introvertidos cuando se encontraban frente a su padre. En Marcos podía adivinarse cierto odio por el sufrimiento perpetuado a su madre, la cual parecía languidecer día tras día. Ana todavía eclipsada por un desengañoso Edipo, ocultaba tras su sumisa mirada su amor por su padre, aunque a menudo él la rechazaba burlándose de su timidez.
“¿Qué pasa niña tonta, no sabes responder cuando se te pregunta?” le decía Lucas y se reía de una Ana avergonzada y sonrojada.

“La gran virtud de Lucas, la insensibilidad, característica a la que yo ya me había acostumbrado – se decía a sí misma María - pero que no dejaba de sorprenderme cuando la utilizaba con ellos, nuestros hijos.”


Continuará…

lunes, 18 de octubre de 2010

Mujeres Maltratadas



Episodio 1: MARÍA

Los rayos de sol alumbraban la estancia a través de la pequeña y descolorida ventana. María estaba sentada en la cocina con una taza de café y un cigarrillo; reflexionaba en qué se había convertido su vida. Marcos y Ana, sus hijos, estaban de colonias, esa misma tarde regresaban, y Lucas, su marido, todavía no había vuelto del turno de noche en la fábrica de metales. Por suerte, hoy los chicos no asistirían a otra de las habituales peleas y no llorarían en silencio por el sufrimiento de mamá.
Día tras día Lucas llegaba a casa malhumorado, cansado y la tomaba con María. Ella trataba de no hacerle enfadar y no imponer queja alguna que pudiera hacer estallar la bronca entre ellos, pero, hiciera lo que hiciera, Lucas buscaba siempre la manera de justificar su agresividad y en consecuencia sus golpes. Cualquier minucia como una mota de polvo apreciada o una zapatilla fuera de su sitio era motivo suficiente para atestarle el primer golpe, y, tras éste venía la paliza, paliza a la que María ya se había acostumbrado.
Ese comportamiento de Lucas se daba prácticamente desde el principio de su unión aunque ella siempre creía que ocurría porque él era extremadamente celoso. De hecho, en los primeros años de matrimonio ya se producían episodios de violencia doméstica. Si, por ejemplo, cuando Lucas llegaba a casa encontraba a María en la escalera conversando con algún vecino varón, lo primero que hacía al entrar en casa (no antes porque sabía guardar discreción) era abofetearla por desvergonzada. A ella eso no le ofendía, al contrario, creía que así debía comportarse un hombre que amara a una mujer. Pero el paso de los años y el estancamiento laboral habían acusado esos encuentros haciéndolos cada vez más intensos y violentos.
Lo que en un principio podían considerarse bofetadas que pocos moratones dejaban, en la actualidad María sufría peleas casi a diario de las que salía fuertemente magullada.
Ella justificaba la actitud de Lucas diciendo que así era su hombre, con carácter, y porque tras la pelea, tarde o temprano, recibía alguna muestra de cariño, por pequeña que fuera.
La verdad es que nunca había sido excesivamente cariñoso, inclusive su aspecto duro y distante no parecían demasiado apropiados para ofrecer muestras de amor, pero María conservaba aún algún que otro buen recuerdo de los 3 primeros años de unión.
Lo conoció en un baile al que asistió con una amiga un domingo del mes de abril. Lucas se le acercó para pedirle que bailara con ella y desde ese momento ya no dejaron de verse. Llevaba un traje gris algo gastado por el paso del tiempo pero que le resaltaba sus rasgados ojos negros. Su pelo, peinado hacia atrás, acumulaba bastante gomina para disimular sus afianzados rizos de color castaño.
Le pareció apuesto desde el mismo instante en que le vio a pesar de los consejos de su amiga indicándole la fama de mujeriego que tenía. Consuelo ya había sido víctima de esos penetrantes ojos negros y sentía recelo de que María obtuviera la misma fortuna.
Bailaron hasta bien entrada la noche y al acompañarla a la pensión donde vivía, la besó ardientemente en los labios. María se sintió frágil a la vez que poseída por la fortaleza de ese hombre que le había arrancado su primer beso. Fuertemente atraída por él volvió a citarse la siguiente tarde a la salida de la fábrica de telares en la que trabajaba. Lucas plantado en la puerta la esperaba vestido con una cazadora de cuero negra y unos pantalones blancos de pinzas. Realmente parecía un completo gigoló pero a pesar de ello y de los comentarios o referencias que tenía, María quedó perdidamente enamorada de él. En este segundo encuentro Lucas la rozó con un beso en la mejilla y la cogió fuertemente de la mano para así juntos caminar hasta un local donde todo el mundo parecía conocerlo. Tomaron un refresco y charlaron.
María recordaba vagamente ese día puesto que ocurrieron cosas algo contradictorias, si ahora lo pensaba:

“En ese mismo local hubo un incidente con el chico que nos trajo las bebidas. Al acercarse a mí me susurró al oído que tuviera cuidado con mi acompañante, que ya era la tercera o cuarta mujer a la que invitaba y, todas, tras esa cita, huían de su lado como si miedo le tuvieran.
La verdad es que lo comentó de forma simpática y para nada grosera, pero Lucas no así se lo tomó y se levantó y lo cercó hacia una esquina donde lo amenazó discretamente para no dar la nota en el lugar, pero con una intensa ira en su mirada. Tras ello se acercó nuevamente a mí y me tomó la mano para así irnos del local al que acusó de poco elegante para una “damisela como tú”; sí, esas fueron exactamente las palabras.
Tras ese incidente no volvimos a pisar el lugar, bueno al menos juntos, porque al cabo de poco menos de una semana acudí con una amiga porque sentía interés en conocer la verdad de esas palabras pronunciadas por el camarero. No estaba allí, pregunté por él y me dijeron que estaba enfermo. Nunca más lo volví a ver.”

Ahora pienso que quizás esa misma noche, una vez me hubo dejado en la pensión donde me hospedaba, regresó y terminó aquello que mi presencia importunó.
Lo cierto es que los hechos siguientes fueron tan maravillosos que en poco menos de un año nos casamos.
Realmente Lucas se había vuelto más agrio y grosero desde el nacimiento de Ana, la hija pequeña, y el cierre de la fábrica en la que estaba. El dinero siempre faltaba en casa y, probablemente pensaría que justo se había quedado sin empleo en el peor de los momentos, con una boca más por alimentar.
Esa época, recordaba María, fue la más dura de su relación. Lucas se tiró mucho a la bebida y regresaba a menudo borracho despertando a la pequeña con sus gritos y palizas. Marcos, el mayor, se tapaba los oídos con sus manitas y se sentaba en el suelo en un rincón de su habitación. Lucas jamás le puso la mano encima, ni a él ni a Ana, sólo tenía coraje para golpearme a mí.

Por suerte esa fatídica época no duró demasiado y el paso del tiempo la ha suavizado en el recuerdo.

Lucas pronto encontró un nuevo trabajo y aunque el salario no era suficiente y tenia que echar horas en un pequeño taller para complementar el sueldo, lo cual le predisponía al malhumor, el abuso de alcohol se había moderado y ello facilitaba la convivencia.
La verdad es que la relación entre la pareja estaba cada vez más deteriorada. Los ánimos estaban siempre caldeados y María tenía bastante facilidad para embarazarse lo que provocaba mayor tensión en la relación.
Los tres abortos provocados le taponaron su fertilidad relajando los problemas de nuevos embarazos por un tiempo. Lucas era un hombre potente y con muchas necesidades y María tenía que estar siempre a punto para satisfacerle. El placer de ella nunca contó ni tampoco le importó al hombre cómo se lo hacía María para evitar un embarazo.
Mientras los niños fueron pequeños ella tuvo que cuidar de ellos y de la casa y fue Lucas quien trabajaba para mantenerlos.

El estrés por la cantidad de horas echadas y la rutina a la que se vio inmerso agravarían su agresividad.

Mientras se encontraba inmersa en sus reflexiones, la puerta se abrió y un ojeroso y sucio Lucas apareció. María se levantó sobresaltada de la silla en la que se hallaba porque sabía que se avecinaba la tormenta.

Continuará...

sábado, 9 de octubre de 2010

Mujeres maltratadas




“Hay muchas clases de maltrato además del físico, propiamente dicho. Cuando un componente de una pareja pierde su libertad, está siendo maltratado.”

Un día cualquiera de un mes cualquiera

Las dos mujeres aún no se conocían, formaban parte de mundos distintos pero iban a iniciar una trayectoria común, unidas por un destino que quizás persiguiera su salvación o tal vez su desgracia. La vida de cada una de ellas era bien distinta, pero en común tenían su condición de mujer y el maltrato al que habían sido o eran sometidas. Jóvenes ambas iban a aprender mucho la una de la otra.

Quién parecía más inteligente, quizás se escudaba en esa actitud para verse más fuerte, y, aquella a quien los ojos del entorno vieran más sumisa, podía muy bien ser simplemente una opción de vida elegida.

María y Elena se llamaban y pronto sus vidas se cruzarían...

* * *

Elena

Elena llamó a su madre como cada semana solía hacer. Esta vez ya estaba cansada de fingir que todo era maravilloso e iba a contarle todo el dolor y la amargura acumulados en los últimos meses. Mentir no era ningún rasgo de su carácter, muy al contrario, una característica de su personalidad era precisamente la sinceridad con que encauzaba cualquier conversación, pero había aprendido a usar la mentira para no preocupar a los suyos, aquellos que tan lejos estaban pero seguían cercanos en su corazón.

Había tomado una decisión que afectaba en cierta medida a sus padres y necesitaba sentir que ellos seguían a su lado. Había perdido dignidad y autoestima y sólo ellos podían devolverle algo del amor desvanecido. El tiempo y su voluntad harían el resto, pero ahora todo estaba demasiado reciente y necesitaba llorar, aunque sus lágrimas resbalaran por el auricular sin poder ser atendidas con una cálida acogida. Su madre sabría contener ese lamento como cuando de niña se hacía daño y ella le calmaba dulcemente el dolor. Ahora el dolor punzaba con fuerza el interior como si una herida interna sangrase sin poder ser taponada.

-¡Me han hecho daño mamá! – Se lamentó sollozando la niña interior de Elena a través del auricular – Me siento perdida y necesito que me escuches y me calmes como cuando era niña.
-Sabes querida mía que siempre he estado a tu lado aunque la distancia no lo haya querido así – respondió su madre – Algo en mi interior me decía que no eras feliz, que sufrías, pero no podía cuestionarte porque entonces hubiera faltado a mi lealtad y confianza. Tú tenías que contarlo, tenías que pedir mi ayuda, para que yo, sin pestañear siquiera, te ofreciera todo el consuelo que me fuera posible.
-No me quiere mamá, nunca me ha querido, todo ha sido una farsa. Creía que era yo quién descuidaba mis deberes como esposa, como mujer, siempre atareada con el trabajo a cuestas, pero finalmente he abierto los ojos y he visto aquello que mi corazón negaba. – dijo Elena.

-No siempre, querida niña, estamos preparados para escuchar la verdad e insonorizamos con pequeños matices aquello que podría lastimar nuestra alma, hasta que finalmente estamos preparados para afrontarlo – la consoló su madre.

-Pero es que yo no creo que esté preparada para sufrir esa terrible derrota, porque no es otra mujer la que me ha vencido, sino su homosexualidad. – confesó Elena.

–Uno no despierta de la noche a la mañana con esos instintos, eso es algo que se halla muy arraigado en su interior y que podría haber permanecido oculto durante toda una vida si yo no hubiera intervenido.- prosiguió.

-Pensé que sería positivo para nuestra frágil relación improvisar un encuentro- contó Elena –llevábamos demasiado tiempo distanciados y creí oportuno pedirle perdón dejando por una vez de lado el trabajo en pro al amor.

-No me cuentes más, creo poder imaginar lo que sucedió – le cortó la madre
-Pobre niña, ¡qué ultrajada te debiste sentir!

–No sabes bien cómo me sentí en aquel instante mamá –dijo Elena.–No solo los sentimientos hacia él, sino los propios, se vinieron abajo y todo el trabajo de poder logrado con los años se desvaneció como si la auto-confianza jamás hubiera estado presente en mi ser.

-Pero tú eres fuerte mi niña y sé que te repondrás. No debes permanecer por más tiempo sola, rodeada de extraños – dijo su madre –tienes que liquidar todo ese pasado y volver a tu país. Allí no serás capaz de recobrar tu vida. Aquí, no será fácil, pero al menos podremos ayudarte a olvidar. Creemos en ti, pequeña, y sé que podremos lograr juntos que la confianza perdida vuelva de nuevo a ti.

–Gracias mamá –dijo Elena –precisamente ahora es lo que trato de hacer, terminar con todos los hilos que me unen a esta pesadilla para regresar de nuevo a mi país, pero se me hace difícil, porque debo hacerlo toda sola y no soy tan fuerte como en un principio creí.

-Me gustaría pedirte que vinieras, aunque fueran unos pocos días, porque ahora mismo no sé si quizás sería capaz de hacer alguna tontería.-prosiguió Elena – Me siento débil y os necesito cerca. Terminar con este episodio de vida londinense me llevará aún unos cuantos meses y necesito unas dosis de vuestro amor y comprensión.

–Cariño, eso ya había quedado claro. Tus asuntos son los nuestros, si así lo deseas. Papá no podrá dejar su trabajo durante mucho tiempo, pero yo podré arreglarlo perfectamente para permanecer a tu lado hasta que recobres la serenidad – dijo su madre con empatía.
–Me vendrán bien unas vacaciones en la capital oscura así es que prepárate a sonreír porque eso es lo que harás a partir de los próximos días -concluyó su madre.

Tras esa conversación, Elena se sintió más comprendida y querida, con más fuerzas para actuar con el aplomo necesario durante los episodios venideros. Tenía que enfrentarse con una familia noble a la que nada gustaría sacar a relucir “trapos sucios”. Probablemente la chantajearían, la humillarían,... pero ella debía mantenerse firme y segura porque lo que había visto había hundido todo lo que sentía por su marido y probablemente quebraría parte de la seguridad adquirida.

La entrañable voz de su madre, sus cariñosas palabras, le devolvieron momentáneamente la fe en su poder, en sí misma. Era una mujer herida pero finalmente había encontrado el camino para cicatrizar el dolor. La habían humillado, ultrajado pero lograría sacar su fuerza interior para reponerse de sus heridas. Tenia poder, el poder de amarse a sí misma y eso la salvaría.


María

María se levantaba cada día a las 7:30 horas. Ese día no tenía nada de especial, iba a ser uno de tantos en su monótona vida. Se sentía especialmente cansada esa mañana, quizás no era exactamente cansancio pero sí cierta predisposición apática. Nunca había sido demasiado alegre ni siquiera amante de los deportes, pero desde que tuvo a los niños se volvió más pausada; realmente ya tenía bastante con el ajetreo de su hogar, los críos y la casa de doña Isabel, donde limpiaba y cocinaba, como para pensar encima en mantenerse atlética.

Se reía en sus adentros imaginándose por un momento practicando un deporte. Realmente tenía suerte de su constitución delgada porque nada tenía que ver con la práctica deportiva. Ni tiempo tendría aunque quisiera. Recordaba, eso sí, que le gustaba bailar, aunque eso pertenecía a un pasado bastante lejano.
No era tan mayor, pero sus huesos estaban agotados; ya fuera por el día a día, ya fuera por los golpes.

María estaba casada con Lucas, alguien a quien le gustaba mostrarse autoritario con las mujeres y si era necesario utilizar la fuerza, aunque en el fondo tenía un gran corazón, al menos así lo demostraba con los niños. Tampoco había tenido mucha fortuna con su trabajo y esa situación poco fructífera tenía mucho que decir en su comportamiento para con María.

Lucas se había marchado ya al trabajo y María se desperezaba como de costumbre; pronto tendría que levantar a los niños, pero antes debía arreglar su habitación para que cuando él llegara pudiera echarse una siesta.

A las 8 en punto los niños se levantaban y ellos mismos arreglaban su cama. Por fortuna, tenía unos hijos maravillosos y muy hacendosos. La vida en eso si le había sonreído.

La comida la preparaba la noche anterior y así podía dormir un poco más. Por la mañana era cuando más a gusto se estaba en la cama y además, tampoco le interesaba lo que echaban por la televisión. Cuando terminaba de cenar se metía en la cocina y no salía hasta que hubiera acabado la comida del día siguiente.
Algunas veces los niños se habían acostado solos y Lucas entraba sigilosamente en la cocina acosándola, otras se quedaba frito en el sofá y ya no había nada que temer.

Odiaba hacer el amor con él porque había perdido la dulzura sustituyéndola por la fuerza. Parecía que se sintiera poderoso cada vez que agresivamente la penetraba. Obligarla le excitaba pero también le enojaba.

Esa era su vida, casada con un hombre que tenía mal carácter, intensamente posesivo pero al que debía lo que ella era. Formaban una familia y eso ella no lo había tenido. Lo quería y lo respetaba. Era el sostén de su familia, su propia familia y tenía que cuidarlo porque era su deber.

Era una mujer agotada pero con unas creencias demasiado difíciles de vencer. Eso probablemente la hundiría o tal vez, la mataría. ¿Hasta dónde podría llegar su paciencia? ¿Cuánto habría que ultrajarla para que ese tipo de mujer, devota y sumisa, reaccionara?

La elección siempre es nuestra, en cada acto, en cada palabra. Una primera vez pueden hacernos daño pero si seguimos aguantándolo es en cierto modo porque así lo deseamos en alguna parte de nuestro ser.


Dos Mujeres

En un punto de nuestra historia los caminos de ambas mujeres se cruzarían, una ayudaría a la otra a abrir los ojos y a rebelarse recuperando la confianza perdida.

Tan distintas, pero, a la vez, con historias paralelas.

Elena sufrió en su propia piel el maltrato psicológico que la vida conyugal le había deparado al casarse con un ser rígido y sin sentimientos. Fueron años escondiendo la verdad que ahora se destapaba, ocultando un hecho tan desconcertante como que tu propia pareja desee a alguien de su propio sexo. Ese descubrimiento la frustró tanto que su propio equilibrio se desestabilizó sufriendo un verdadero desajuste emocional.

Esa es la gran incidencia del entorno en el propio ser, que de la noche a la mañana puede producir el más terrible y asolador terremoto al edificio más bien construido. Elena sintió en su ser el paso de esa tragedia.

María vivía sumida en un continuo maremoto pero todavía no lo había constatado. En su percepción del mundo, esa manera de vivir era la normal. La fortaleza de Elena serviría de empuje para que María proclamara su independencia. La lucha ayudaría a Elena a reconstruir ese interior magullado.

Dos mujeres maltratadas, dos historias similares, pero con un solo destino.

jueves, 23 de abril de 2009

Un día en la vida de María



Los rayos de sol alumbraban la estancia a través de la pequeña y descolorida ventana. María estaba sentada en la cocina con una taza de café y un cigarrillo; reflexionaba en qué se había convertido su vida. Marcos y Ana, sus hijos, estaban de colonias y esa misma tarde regresaban. Lucas, su marido, todavía no había vuelto del turno de noche en la fábrica de metales. Por suerte, hoy los chicos no asistirían a otra de las habituales peleas y no llorarían en silencio por el sufrimiento de mamá.

Día tras día Lucas llegaba a casa malhumorado, cansado y la tomaba con María. Ella trataba de no hacerlo enfadar y no proferir queja alguna, que pudiera hacer estallar la bronca entre ellos, pero, hiciera lo que hiciera, Lucas buscaba siempre la manera de justificar su agresividad y en consecuencia sus golpes. Cualquier minucia como una mota de polvo apreciada o una zapatilla fuera de su sitio era motivo suficiente para atestarle el primer golpe, y, tras éste venía la paliza, paliza a la que María ya se había acostumbrado.

Ese comportamiento de Lucas se daba prácticamente desde el principio de su unión aunque ella siempre creía que ocurría porque él era extremadamente celoso. De hecho, en los primeros años de matrimonio ya se producían episodios de violencia doméstica. Si, por ejemplo, cuando Lucas llegaba a casa encontraba a María en la escalera conversando con algún vecino varón, lo primero que hacía al entrar en casa (no antes porque sabía guardar discreción) era abofetearla por desvergonzada. A ella eso no le ofendía, al contrario, creía que así debía comportarse un hombre que amara a una mujer. Pero el paso de los años y el estancamiento laboral habían acusado esos encuentros haciéndolos cada vez más intensos y violentos.

Lo que en un principio podían considerarse bofetadas que pocos moratones dejaban, en la actualidad María sufría peleas casi a diario de las que salía fuertemente magullada.

Ella justificaba la actitud de Lucas diciendo que así era su hombre, con carácter, y porque tras la pelea, tarde o temprano, recibía alguna muestra de cariño, por pequeña que fuera.

La verdad es que nunca había sido excesivamente cariñoso, inclusive su aspecto duro y distante no parecían demasiado apropiados para ofrecer muestras de amor, pero María conservaba aún algún que otro buen recuerdo de los 3 primeros años de unión. Lo conoció en un baile al que asistió con una amiga un domingo del mes de abril. Lucas se le acercó para pedirle que bailara con ella y desde ese momento ya no dejaron de verse. Llevaba un traje gris algo gastado por el paso del tiempo pero que le resaltaba sus rasgados ojos negros. Su pelo, peinado hacia atrás, acumulaba bastante gomina para disimular sus afianzados rizos de color castaño.

Le pareció apuesto desde el mismo instante en que le vio a pesar de los consejos de su amiga indicándole la fama de mujeriego que tenía. Consuelo ya había sido víctima de esos penetrantes ojos negros y sentía recelo de que María obtuviera la misma fortuna.

Bailaron hasta bien entrada la noche y al acompañarla a la pensión donde vivía, la besó ardientemente en los labios. María se sintió frágil a la vez que poseída por la fortaleza de ese hombre que le había arrancado su primer beso.

Fuertemente atraída por él volvió a citarse la siguiente tarde a la salida de la fábrica de telares en la que trabajaba. Lucas plantado en la puerta la esperaba vestido con una cazadora de cuero negra y unos pantalones blancos de pinzas. Realmente parecía un completo gigoló pero a pesar de ello y de los comentarios o referencias que tenía, María quedó perdidamente enamorada de él. En este segundo encuentro Lucas la rozó con un beso en la mejilla y la cogió fuertemente de la mano para así juntos caminar hasta un local donde todo el mundo parecía conocerlo. Tomaron un refresco y charlaron.

María recordaba vagamente ese día puesto que ocurrieron cosas algo contradictorias. Aunque ahora que lo pensaba:

“En ese mismo local hubo un incidente con el chico que nos trajo las bebidas. Al acercarse a mí me susurró al oído que tuviera cuidado con mi acompañante, que ya era la tercera o cuarta mujer a la que invitaba y, todas, tras esa cita, huían de su lado como si miedo le tuvieran.

La verdad es que lo comentó de forma simpática y para nada grosera, pero Lucas no se lo tomó así, se levantó y lo cercó hacia una esquina donde lo amenazó discretamente para no dar la nota en el lugar, pero con una intensa ira en su mirada. Tras ello se acercó nuevamente a mí y me tomó la mano para así irnos del local al que acusó de poco elegante para una “damisela como tú”; sí, esas fueron exactamente las palabras.
Tras ese incidente no volvimos a pisar el lugar, bueno al menos juntos, porque al cabo de poco menos de una semana acudí con una amiga porque sentía interés en conocer la verdad de esas palabras pronunciadas por el camarero. No estaba allí, pregunté por él y me dijeron que estaba enfermo. Nunca más lo volví a ver.”

Ahora pienso que quizás esa misma noche, una vez me hubo dejado en la pensión donde me hospedaba, regresó y terminó aquello que mi presencia importunó.

Lo cierto es que los hechos siguientes fueron tan maravillosos que en poco menos de un año nos casamos.

Realmente Lucas se había vuelto más agrio y grosero desde el nacimiento de Ana, la hija pequeña, y el cierre de la fábrica en la que estaba. El dinero siempre faltaba en casa y, probablemente pensaría que justo se había quedado sin empleo en el peor de los momentos, con una boca más por alimentar.

Esa época, recordaba María, fue la más dura de su relación. Lucas se tiró mucho a la bebida y regresaba a menudo borracho despertando a la pequeña con sus gritos y palizas. Marcos, el mayor, se tapaba los oídos con sus manitas y se sentaba en el suelo en un rincón de su habitación. Lucas jamás le puso la mano encima, ni a él ni a Ana, sólo tenía coraje para golpearme a mí.

Por suerte esa fatídica época no duró demasiado y el paso del tiempo la ha suavizado en el recuerdo.

Lucas pronto encontró un nuevo trabajo y aunque el salario no era suficiente y tenía que echar horas en un pequeño taller para complementar el sueldo, lo cual le predisponía al malhumor, el abuso de alcohol se había moderado y ello facilitaba la convivencia.

La verdad es que la relación entre la pareja estaba cada vez más deteriorada. Los ánimos estaban siempre caldeados y María tenía bastante facilidad para embarazarse lo que provocaba mayor tensión en la relación.

Los tres abortos provocados le taponaron su fertilidad relajando los problemas de nuevos embarazos por un tiempo. Lucas era un hombre potente y con muchas necesidades y María tenía que estar siempre a punto para satisfacerle. El placer de ella nunca contó ni tampoco le importó al hombre cómo se lo hacía María para evitar un embarazo. Mientras los niños fueron pequeños ella tuvo que cuidar de ellos y de la casa y fue Lucas quien trabajaba para mantenerlos.

El estrés por la cantidad de horas trabajadas y la rutina a la que se vio inmerso agravarían su agresividad.

Mientras se encontraba inmersa en sus reflexiones, la puerta se abrió y un ojeroso y sucio Lucas apareció. María se levantó sobresaltada de la silla en la que se hallaba porque sabía que se avecinaba la tormenta.

–¿Qué has visto a un fantasma o es que me escondes alguna cosa? –Murmuró Lucas receloso por la actitud de su mujer.
–¡Hola cariño! ¿Qué tal ha ido el trabajo? –Dijo María con voz temblorosa tratando de ignorar el interrogante inicial de Lucas.
–Hoy has llegado un poco más temprano ¿no?
– ¿Acaso ya no me escuchas, quizás tu mente limitada no sabe responder a una simple pregunta? –Inquirió Lucas mientras se acercaba a ella con mirada desafiante.
–Perdona no quería disgustarte. –Apremió María tratando de evitar lo inevitable.

Lucas se abalanzó hacia María y ante la inútil huida de ésta la agarró por sus lacios cabellos negros para abofetearla en la mejilla derecha. Del impulso de la bofetada María salió despedida hasta un sofá cayendo abatida en él con el albornoz abierto dejando entrever sus muslos, cosa que excitó a Lucas.

–¿Con quién has pasado la noche ramera? Ahora sabrás lo que es un hombre de verdad –Musitó Lucas al tiempo que se bajaba los grasientos pantalones de trabajo que directamente le estaban rozando la piel. Su masculinidad se hallaba erecta ante la excitación del momento.
–Déjame Lucas, ahora no me apetece y además no me gusta que me digas esas cosas. –Suplicó temerosa María.

Lucas le propinó una nueva paliza que la dejó semiinconsciente sin apenas tiempo para enterarse de la eyaculación de su marido en su interior.


Así eran los momentos de intimidad en casa de los Gómez, intensos y duros, procurando el placer de uno de tantos eyaculadores precoces y obviando la hostilidad que rodeaba al acto.

María se había acostumbrado a esas vivencias por el bien de la familia. Lloraba en silencio mientras se encontraba sola, aguantaba porque creía que todas las parejas tenían períodos difíciles, y, sobretodo pensaba que su inferior condición social de mujer no le otorgaba otros derechos que los de tener y cuidar una familia. Lucas era el cabeza de familia y ella tenía que tratar de equilibrar la armonía en el hogar.

¿Armonía? Se reía en sus adentros mientras susurraba esas palabras.

martes, 14 de abril de 2009

Conociéndose




Había descubierto esa foto antigua aquella misma tarde, no haría siquiera dos horas, cuando sus amigas, María y Silvia, compartieron té y charla con ella. Recordaban entonces momentos vividos y en el pasado rememorado apareció esa foto suya que tanto decía de Julia.

Entonces no tendría más de 35 años y todo un mundo se postraba a sus pies. Esbelta, atractiva, segura de sí misma, no como ahora que a menudo sentía estar acercándose a un precipicio y dudar si arrojarse en él.

¿Qué había sucedido en su vida que la hiciera sentir así? Vacío, esa era la única palabra que se le ocurría. Su vida tras la separación se había vuelto un espacio de idas y venidas sin sentido. Pero ¿por qué no tuvo el valor suficiente para decírselo a Ernesto? Si Julia le hubiera dicho “no te marches amor”, él no se hubiera ido jamás de su lado, pero no fue capaz de hacerlo. Ahora al meditarlo en la distancia, reconocía que fue orgullo lo que le llevó a no pronunciar esas simples palabras, que tanto hubieran cambiado su vida. La que decidió elegir equivocada y precipitadamente, un día cualquiera de un mes otoñal.

Tras esa decisión habían pasado tan sólo unos escasos meses, que a Julia le habían parecido siglos, sobretodo porque no había sabido nada de Ernesto durante todo ese tiempo. Todavía recordaba con viveza ese último encuentro, cuando le pidió tan solo una respuesta, una firme y segura, que entonces Julia no fue capaz de dar. Tras ese silencio, sus pasos se alejaron de ella, perdiéndose en la lejanía de esa noche de claro de luna.

En aquel preciso instante, Julia supo que se había equivocado y quiso gritar con fuerza su nombre para pararlo, pero de sus labios no pudieron salir palabras, sólo brotaron sin cesar lágrimas por aquellos ojos verdes que antaño Ernesto había adorado. Tras ese día, nada fue lo mismo, una parte de ella se fue con él y ese agujero anodino no pudo llenarse jamás. Decían que el tiempo lo cura todo pero para ella la cicatriz no se cerraba.

Aquel encuentro con María y Silvia avivaría sus deseos nuevamente de sentir, de vivir, de reír, al tiempo que le recordaron la falta que le hacía Ernesto.
Esa imagen de la fotografía traducía cómo se sentía y el rostro reflejado en el espejo del recibidor, tras despedir a sus amigas, rememoraba su ausencia, la del hombre que amaba.

Entonces un impulso, nunca antes sentido con esa fuerza, le hizo rebuscar en su bolso la tarjeta con el número todavía no borrado. Por un momento tuvo la imperiosa necesidad de marcarlo, pero la magia del instante se rompió al sonar su móvil. Abrió la tapa, acercándolo tímidamente al oído. Una voz que conocía muy bien le dijo:

“¿Eres tú Julia?”

Nunca antes aquella pregunta le había parecido tan oportuna ni la voz que la pronunciaba tan gratificante, así es que Julia sólo supo decir con aquella seguridad característica recobrada al contemplar la foto, que todavía permanecía en sus manos:

“Te quiero y deseo tenerte a mi lado, ahora sí puedo decírtelo”.

jueves, 2 de abril de 2009

La historia de Maria




María se levantaba cada día a las 7:30 horas. Ese día no tenía nada de especial, iba a ser uno de tantos en su monótona vida. Se sentía especialmente cansada esa mañana, quizás no era exactamente cansancio pero sí cierta predisposición apática. Nunca había sido demasiado alegre ni siquiera amante de los deportes, pero desde que tuvo a los niños se volvió más pausada; realmente ya tenía bastante con el ajetreo de su hogar, los críos y la casa de doña Isabel, donde limpiaba y cocinaba, como para pensar encima en mantenerse atlética.

Se reía en sus adentros imaginándose por un momento practicando un deporte. Realmente tenía suerte de su constitución delgada porque nada tenía que ver con la práctica deportiva. Ni tiempo tendría aunque quisiera. Recordaba, eso sí, que le gustaba bailar, aunque eso pertenecía a un pasado bastante lejano.
No era tan mayor, pero sus huesos estaban agotados; ya fuera por el día a día, ya fuera por los golpes.

María estaba casada con Lucas, alguien a quien le gustaba mostrarse autoritario con las mujeres y si era necesario utilizar la fuerza, aunque en el fondo tenía un gran corazón, al menos así lo demostraba con los niños. Tampoco había tenido mucha fortuna con su trabajo y esa situación poco fructífera tenía mucho que decir en su comportamiento para con María.

Lucas se había marchado ya al trabajo y María se desperezaba como de costumbre; pronto tendría que levantar a los niños, pero antes debía arreglar su habitación para que cuando él llegara pudiera echarse una siesta.

A las 8 en punto los niños se levantaban y ellos mismos arreglaban su cama. Por fortuna, tenía unos hijos maravillosos y muy hacendosos. La vida en eso si le había sonreído.

La comida la preparaba la noche anterior y así podía dormir un poco más. Por la mañana era cuando más a gusto se estaba en la cama y además, tampoco le interesaba lo que echaban por la televisión. Cuando terminaba de cenar se metía en la cocina y no salía hasta que hubiera acabado la comida del día siguiente.
Algunas veces los niños se habían acostado solos y Lucas entraba sigilosamente en la cocina acosándola, otras se quedaba frito en el sofá y ya no había nada que temer.

Odiaba hacer el amor con él porque había perdido la dulzura sustituyéndola por la fuerza. Parecía que se sintiera poderoso cada vez que agresivamente la penetraba. Obligarla le excitaba pero también le enojaba.

Esa era su vida, casada con un hombre que tenía mal carácter, intensamente posesivo pero al que debía lo que ella era. Formaban una familia y eso ella no lo había tenido. Lo quería y lo respetaba. Era el sostén de su familia, su propia familia y tenía que cuidarlo porque era su deber.

Era una mujer agotada pero con unas creencias demasiado difíciles de vencer. Eso probablemente la hundiría o tal vez, la mataría. ¿Hasta dónde podría llegar su paciencia? ¿Cuánto habría que ultrajarla para que ese tipo de mujer, devota y sumisa, reaccionara?

La elección siempre es nuestra, en cada acto, en cada palabra. Una primera vez pueden hacernos daño pero si seguimos aguantándolo es en cierto modo porque así lo deseamos en alguna parte de nuestro ser.

Un pedacito de mi novela