miércoles, 23 de marzo de 2011

Anatomía de una esquizofrenia




Me siento extraña, distinta de aquellos que me rodean y dicen llamarse amigos o familia. No recuerdo desde cuando me siento así pero sé que hace mucho. He ido pasando entre vosotros, entre la gente como una hoja de papel que débilmente puede volar y desaparecer. Así me siento a menudo: frágil, sin fuerzas, como si la fuerza del viento pudiera despedazarme. No puedo comentarlo con nadie, ni siquiera con aquellas que dicen ser mis mejores amigas. No lo entenderían. Ni siquiera lo entiendo yo.


Hoy he abierto el ordenador y he buscado en ese tesoro llamado Internet “Esquizofrenia”. Wuau! Me estremezco, nunca seré como tú o como él. Soy distinta, vivo entre dos mundos o quizás entre muchos más, quien lo sabe. Ni siquiera yo puedo distinguirlos. Ni siquiera puedo reconocer la realidad entre tanta ficción, las personas entre tantas sombras.

Temo constantemente que la oscuridad me atrape, me seduzca y ya nunca más reconozca esos ápices de realidad que me envuelven: papá, mamá, el abuelo, la profesora, mis compañeros. Cada vez os siento más lejanos, cada vez sólo sois formas ocupando un espacio, cada vez estoy más cerca de dejar de sentir.

El temor no desaparece nunca ni cuando duermo porque no sé si sueño o eso que vivo en los sueños es mi realidad.

Vivo constantemente confundida, atemorizada y tengo una sensación agónicamente alarmante de estarme rompiendo, como si los huesos que forman mi anatomía se resquebrajaran uno a uno, poco a poco, lentamente.

Dios! ¿Y a esto lo llaman vida?
No me imagino un futuro más allá del mañana y éste ni siquiera siempre. A menudo pienso en morir para renacer de nuevo y ser igual que otros, sin miedos, sin confusiones, sin fragilidades. Con motivación, con entusiasmo, con sorpresas, con alegrías, …pero sobretodo con los pies en el suelo, escuchando a los que realmente hablan, claro y alto, sin errores. Viendo a los que están en realidad en el mundo de los vivos, no a los que habitan entre las sombras y pretenden usurpar mi alma.

No entiendo porqué yo, porqué me han elegido a mí, qué debo aprender de tanto sufrimiento. Mi interior nunca deja de llorar, nunca deja de lamentar esta vida sin forma, sin equilibrio, sin estabilidad.

Mi nombre es Clara, solo tengo 12 años y estoy cansada.
No puedo luchar más contra lo que no entiendo, sólo quiero sentirme adolescente y normal. Pronto cuando se den cuenta de lo que me pasa, me señalaran con el dedo, se apartaran de mi, como si tuviera la lepra y mi vida desde ese momento será un rutinario paseo entre antipsicóticos, siempre dormida, siempre aletargada, siempre controlada.